La Supercopa de España, España dije, ha regresado a la abyecta Arabia Saudí como regresan las malas costumbres: con una mezcla de resignación, cinismo y codicia. El fútbol español vuelve a prestarse al ritual del blanqueamiento, a la ceremonia del detergente moral, a la función grotesca en la que el balón sirve para disimular la sangre. Allí donde no hay derechos, se exporta espectáculo. Allí donde no hay libertad, se importan los focos.
Los futbolistas aceptan el papel que les asignan: bufones de lujo de una dictadura que los exhibe como trofeos. Saltan al césped sin preguntar qué ocurre fuera del estadio, sin reparar en que ese mismo régimen descuartiza periodistas, persigue a los homosexuales, convierte a las mujeres en menores legales perpetuas, esclaviza a trabajadores migrantes y sofoca cualquier atisbo de disidencia bajo la sharia. Bailan porque se les paga. Y porque el dinero, dinero espeso, dinero putrefacto, anestesia la conciencia mejor que cualquier discurso.
Los clubes, tan altivos cuando hablan de valores, aceptan el esperpento sin rubor. Callan, sonríen y firman. La tradición se prostituye a cambio de una transferencia millonaria. Y la ética queda relegada al pie de página, como una molestia incómoda que conviene no leer.
Nada de esto resulta accidental. La operación la diseña la Real Federación Española de Fútbol convertida en intermediaria de lujo del deshonor. La institución normaliza el pacto y lo envuelve en épica deportiva con dinero de todos y las náuseas del algunos. Incluidos Unai e Iñaki Williams, que han tenido el valor de denunciar la aberración. Y que por esa razón fueron insultados por la grada.
Me pregunto ¿qué credibilidad conserva un Estado democrático que se vende a una satrapía islámica? Quien baila con el tirano acaba aprendiendo sus pasos. Danzad, danzad, malditos. Yo os maldigo.






