El columnista Diego S. Garrocho aborda el tabú social sobre el envejecimiento masculino, argumentando que los hombres se exponen al paso del tiempo de una manera «ridícula», suspendidos entre la soberbia y la vulnerabilidad. Señala que, mientras la tiranía de la juventud perpetua sobre las mujeres ha sido ampliamente documentada, las vergüenzas masculinas se han intentado ocultar tras una rebeldía impostada y gestos superficiales.
Según Garrocho, el hombre que se niega a envejecer busca constantemente una rebeldía que ya no le pertenece. La creencia de que el rock o cierta estética indie conservan un halo de vanguardia es solo una «luz de alarma» que anuncia que se está llegando tarde y que la cosmovisión adolescente ya ha caducado.
Estos síntomas de una masculinidad «abollada» se manifiestan en gestos como la complicidad pandillera, las deportivas usadas con traje o el saludo informal en contextos profesionales. El autor sugiere que este comportamiento es un intento fallido de ajustar cuentas con las fragilidades de la juventud, un plazo de reparación que ha expirado. Lo más sensato, afirma, sería asumir la condición de veterano, adoptar cierta sobriedad y dejar espacio a las nuevas generaciones, pero la educación masculina histórica impulsa a los hombres a «imponerse,» lo que resulta en el patetismo de preferir no madurar antes que envejecer.
El columnista profundiza en la raíz de la pesadilla: a los hombres no se les permitió «ensayar el derrumbe,» ni aprendieron a nombrar el fracaso o a compartir sus inseguridades. A diferencia de las mujeres, que sí hablan abiertamente de sus flaquezas o de la menopausia, los hombres mantienen el «culto al yo» con gestos marciales, intentando intimidar.
Garrocho advierte que estos síntomas son especialmente corrosivos en oficios que «hipertrofian el ego,» como el de cantante, actor, profesor universitario o periodista de fama. En estos círculos, el «canallismo empático» o la «travesura de impugnar en público las reglas» son las últimas «brazadas del que se está hundiendo.»
La columna concluye con una nota de honestidad: la negación y la soberbia son simplemente una máscara. Lo único que realmente le sucede al hombre que se niega a madurar es que tiene miedo.






