La primera comunión ya no consiste en recibir a Cristo, sino en recibir al fotógrafo. El sacramento ha quedado reducido a un trámite preliminar, a una especie de prólogo eucarístico antes de que empiece la verdadera ceremonia: la del presupuesto, la del menú, la del vestido imposible, la del niño disfrazado de contralmirante y la niña convertida en novia prematura de una boda que no ha pedido celebrar.
Todo empieza con una hostia consagrada y termina con un crédito al consumo. He ahí el milagro contemporáneo. No el de la fe, sino el de financiar a plazos una tarde de dulces exóticos, globos, magos, animadores, recordatorios satinados y mesas dulces que parecen diseñadas por un dentista con enemigos. La comunión media ronda ya los 50 mil pesos. Promedio, dicen. Como si la palabra promedio sirviera para tranquilizar a alguien. También un infarto puede ser moderado en términos estadísticos.
La escena reviste cañonazos de anticipo inmobiliario. Padres que descubren de pronto que su hijo necesita llegar al restaurante como un virrey de ocho años. Hay alfombras rojas, photocalls, coches antiguos, castillos inflables, menús infantiles con pretensiones de banquete de Estado y vestidos que no visten a las niñas, sino que las convierten en miniaturas nupciales. La infancia desaparece bajo una nube de tul. El niño tampoco se libra. Le plantan un traje de marinero, le peinan con resignación castrense y lo conducen hacia el altar como si fuera a tomar posesión del Ayuntamiento.
Lo obsceno no reside en gastar dinero. Cada familia se arruina como quiere, y en Saltillo y en Coahuila existe una larga tradición de solemnizar la ruina con mantel largo. Lo obsceno aparece cuando el gasto se disfraza de amor, cuando el exceso se presenta como ilusión del niño, cuando la presión social se maquilla de entrega familiar. Nadie quiere confesar la verdad. La comunión no se organiza para el niño.
Se organiza contra los demás padres.
Ahí interviene el gran motor moral de nuestro tiempo, o sea, la comparación. No basta con que la criatura comulgue. Tiene que comulgar mejor que el primo, más bonito que el vecino, con más centro de mesa que la compañera del colegio, con un vídeo que parezca el tráiler de una serie mala. La fe se mide en píxeles. La devoción, en cubiertos. La ternura, en stories. El Espíritu Santo desciende ahora en formato vertical.
Y conviene no engañarse. La Iglesia no ha inventado este disparate, aunque tampoco parece especialmente interesada en arruinar el negocio. La responsabilidad corresponde a una sociedad que ha convertido cada rito en escaparate. Bautizos con estética de inauguración, cumpleaños de niño con logística de festival, despedidas de soltera que parecen congresos de endocrinología alcohólica, bodas donde los novios se comportan como directores creativos de una marca que nadie pidió comprar. La comunión encaja perfectamente en ese delirio. Es la boda sin divorcio. La boda sin suegros. La boda sin adulto responsable.
Lo más perverso consiste en que todo sucede en nombre de la inocencia. Pobres niños. Les cargamos encima nuestras frustraciones, nuestras ganas de aparentar, nuestra incapacidad para decir basta, y luego les preguntamos si están contentos con el mago. Naturalmente que están contentos. A los ocho años uno puede ser feliz con una pelota, con una rebanada de pastel, con quitarse los zapatos. No hacía falta convertir el Evangelio en un paquete premium con financiación flexible.
La primera comunión contenía antes una belleza humilde, incluso para quienes no participaban de la fe. Había algo ceremonial, familiar, pudoroso. Un traje limpio, una comida, una fotografía algo rígida en el salón de casa, una abuela emocionada, un sobre discretamente entregado. Hoy la discreción parece una forma de pobreza. La sobriedad, una negligencia afectiva. Y el silencio ha sido sustituido por el DJ.
El resultado es una paradoja formidable. El niño se acerca por primera vez al cuerpo de Cristo mientras los adultos rinden culto al cuerpo social. Al qué dirán. Al qué verán. Y en ese altar secundario, mucho más concurrido que el de la parroquia, se sacrifica lo único que merecía protección: la infancia.
La comunión debería enseñar una idea sencilla: recibir algo que no se compra. Hemos conseguido lo contrario. Convertirla en una factura, en una competición, en una pequeña bancarrota sentimental. Dios perdona. El banco, no.






