Cada ciclo electoral despliega una maquinaria mercadológica diseñada para seducir al electorado con promesas grandilocuentes que, con frecuencia, terminan siendo ilusiones pasajeras. Los políticos ofrecen soluciones inmediatas a problemas profundos, y al concluir sus administraciones, los resultados son devastadoramente similares: los problemas persisten, las promesas se desvanecen y nadie asume responsabilidades.
Pero en este juego de simulación no solo son responsables los políticos. Los jefes de comunicación, quienes deberían ser los intermediarios entre la administración y la ciudadanía, también han abandonado su deber. En lugar de informar, supervisar y rendir cuentas, muchos se dedican a proyectos personales, descuidando la narrativa oficial y dejando a los gobiernos sin un canal de comunicación claro y honesto.
El espectáculo político, impulsado por estos equipos de comunicación, convierte a la democracia en una caricatura: bailes, ocurrencias y montajes eclipsan la gestión real. Los ciudadanos, en medio de crisis como la inseguridad, la falta de agua o el desempleo, reciben promesas huecas y, al final, son los únicos que pagan el precio.
Mientras no se exija transparencia, cumplimiento y sanciones a quienes fallan, incluidos los responsables de la comunicación gubernamental, la política seguirá siendo un escaparate vacío. Es urgente que tanto los políticos como sus equipos de trabajo asuman el compromiso de servir al interés público y no al personal, porque el verdadero progreso no puede construirse sobre un terreno de simulación y negligencia.