En su columna de opinión, Julia Santibáñez reflexiona sobre el arte religioso y el desafío de apreciarlo más allá de su contexto eclesiástico.
Santibáñez comienza describiendo su encuentro con dos obras maestras barrocas en Roma y el Vaticano: «La Transverberación de Santa Teresa» de Bernini y «La Piedad» de Miguel Ángel. Ambas esculturas le impactan profundamente por su fuerza estética, su detalle y la emoción que transmiten. De Bernini, destaca la «electricidad» y el «arrobamiento completo» en el rostro de Santa Teresa, donde misticismo y erotismo parecen fusionarse. De Miguel Ángel, admira la fluidez y el dolor contenido en «La Piedad», creada por el artista a una edad sorprendentemente temprana.
A pesar de esta admiración, la autora subraya la contradicción inherente en el hecho de que estas obras hayan surgido del «centro del poder eclesial». Santibáñez recalca que este mismo poder ha impuesto durante siglos una visión «misógina, colonialista, predadora» que ha causado «daño sin cuenta». La autora no olvida ni se desdice de esta crítica, señalando que la persistencia del «sistema patriarcal que la iglesia pregona» impide avanzar en la igualdad de género y en la superación de la supremacía de unos pocos.
La columnista aclara que su experiencia no está romantizada por las condiciones físicas de su visita (calor, dolor de pies, multitudes), lo que resalta aún más la «emoción de ver tal cantidad de belleza toda junta».
Finalmente, Santibáñez propone un reto interesante: «hacer a un lado el referente tradicional y rancio del arte sacro» para explorar otras posibilidades de significado y cuestionamientos necesarios. Esto implica desaprender las «capas que interesadamente se le han ido adhiriendo» a estas obras y encontrar nuevas formas de leerlas, reconociendo su innegable fuerza estética, a pesar de su origen controvertido. La pregunta central que plantea es cómo conciliar la belleza artística con el trasfondo problemático de su creación.






