Llegó la temporada de los informes y con ella, la ráfaga de “buenas noticias” que, como un ventarrón purificador, barre los municipios de Coahuila. Durante once meses, nuestros diligentes alcaldes y alcaldesas han labrado el camino del progreso; pero ¡ojo!, el duodécimo mes, diciembre, parece caer en una especie de limbo administrativo, un agujero negro fiscal del que no se rinde cuenta. Y con razón.
Nadie espera que el informe anual dedique un capítulo a la «Logística de Posadas Oficiales: El Presupuesto de Canapés y Música Pagada con el Predial». Sin embargo, es precisamente ese silencio lo que resulta ensordecedor. Es un secreto a voces que la canasta predialista, esa fuente inagotable de fondos ciudadanos, se convierte en el cofre mágico del que brotan aguinaldos repartidos bajo la filosofía de la «pirinola» –un juego donde solo unos pocos afortunados gritan «¡toma todo!»–, mientras que la mayoría apenas ve la sombra de la transparencia.
Pero la joya de la corona decembrina son los regalos. ¡Ah, los regalos! Esa misteriosa partida de egresos que los funcionarios se niegan a detallar. Es la época donde el edil a cargo del despacho, que antes de la campaña no regalaba ni buenos días, se convierte en un Santa Claus del erario. Utiliza el «sombrero ajeno» –el de los ciudadanos– para agasajar a una flamante y selecta cofradía de «grandes amigos» que curiosamente aparecieron en su vida hace apenas unos meses.
Estos nuevos lazos de amistad, tan oportunos en la vida pública, se fortalecen con bienes y acciones que, por supuesto, son cubiertos con los impuestos de los ciudadanos más leales que sí cumplen con su predial. El informe no detalla cuánto dinero se esfuma en estas cortesías navideñas, ni la lista de los afortunados receptores que «ayudan a fortalecer» el municipio.
Y es aquí donde radica la ironía: los funcionarios creen genuinamente que el ciudadano solo tiene la capacidad intelectual de digerir cifras de bacheo y metros cuadrados de pavimento. La gestión del dinero en eventos, regalos y bonificaciones parece ser una información demasiado compleja o, peor aún, tan irrelevante que no merece ni una línea en el documento oficial.
Diciembre no se informa porque es el mes en que la opacidad se viste con el espíritu navideño. Es la confirmación de que, tras el telón de las obras y los discursos, la verdadera «administración de confianza» se juega en la mesa de las posadas, lejos de la vista de quienes pagan la cuenta.






