El sistema político que imperó la mayor parte del siglo pasado no solo tuvo vicios, sino también virtudes. Mantener la estabilidad en un mundo convulso y crear instituciones como el IMSS y el Infonavit merecieron reconocimiento internacional y le dieron una gran base social. La piedra angular del régimen era el presidente, quien ejercía el poder sin frenos ni contrapesos. En Centro y Sudamérica, mientras tanto, Estados Unidos financiaba golpes de Estado e imponía tiranías sanguinarias cuya tarea consistía en erradicar el comunismo del continente. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) defenestró Gobiernos democráticos como los de Jacobo Árbenz en Guatemala y Salvador Allende en Chile. La oligarquía, la Iglesia y periódicos conservadores como El Mercurio —acusado de recibir dinero de Washington— fueron parte de la trama; consumado el golpe, se echaron en brazos de Augusto Pinochet.
Denominadas eufemísticamente «juntas cívico-militares», las dictaduras fueron combatidas por movimientos guerrilleros urbanos y rurales socialistas. Tras años de luchas infructuosas e innumerables bajas causadas por la represión del Estado, las transiciones democráticas y los acuerdos de paz permitieron a figuras ligadas a esa resistencia, como Dilma Rousseff (Brasil), José Mujica (Uruguay) y Gustavo Petro (Colombia), acceder al poder por medio de las urnas. En contraste, la hegemonía priista perduró por su habilidad para acomodarse a las circunstancias: por un lado defendía la soberanía nacional y por el otro se alineaba con el poderoso vecino del norte.
El régimen mexicano concitó la envidia de América Latina, pues no solo controlaba el aparato estatal, sino también a la mayoría de los medios de comunicación y a los intelectuales. «México es una dictadura perfecta», dijo el escritor Mario Vargas Llosa en pleno auge salinista. La frase quedó grabada en piedra. Fue justamente en el sexenio de Carlos Salinas cuando el sistema empezó a declinar. La violencia política, los fraudes electorales y la corrupción incitaron a la población. La alternancia del año 2000 hirió al dinosaurio, pero no acabó con él; 12 años después, ayudado por el PAN, el viejo régimen despertó en la presidencia.
Sin embargo, el regreso del dinosaurio sería efímero. La alianza PRI-PAN con los poderes fácticos fue sepultada en 2018 por la avalancha de Morena y el ascenso de Andrés Manuel López Obrador. El «fracaso de la 4T» y la «destrucción del país», anunciados por las oposiciones, siguen sin llegar. Pese a las promesas pendientes de pacificar por completo al país, en la balanza de las urnas todavía pesan más los logros de los Gobiernos de izquierda —como el aumento real de los salarios, la reducción de la pobreza y la baja del 51 % en el promedio diario de homicidios dolosos en lo que va del actual sexenio— que la propaganda opositora.
El movimiento obradorista se afianzó con la elección de Claudia Sheinbaum, primera mujer en ocupar la presidencia. La estudiante que durante una conferencia del expresidente Salinas en la Universidad de Stanford, California, alzó una pancarta con la leyenda «¡Comercio justo y democracia, ya!» es hoy la continuadora y nueva cabeza de un proyecto respaldado por millones de mexicanos. AMLO anticipó en su toma de posesión: «Este no es un simple cambio de gobierno, sino de régimen». Por no actuar en consecuencia ni ofrecer alternativas diferentes —pues regresar al pasado nunca lo ha sido—, las oposiciones y los grupos de presión están hoy más lejos del poder que nunca.






