El salto que México ha experimentado en la última década nos dio como resultado una generación de jóvenes y talentosos emprendedores capaces de incursionar en ámbitos tan diversos de la industria, que la tesis de E. Read está a punto de quedar obsoleta.
“Soy un lápiz de grafito, el típico lápiz de madera tan conocido por chicos, chicas y adultos que saben leer y escribir”.
Con esta curiosa presentación inicia su célebre miniensayo “I, Pencil” (“Yo, Lápiz”) el divulgador y economista Leonard E. Read.
Publicado en 1958, su texto defiende una no menos extravagantemente poderosa tesis: que no hay un sólo ser humano capaz de hacer un lápiz, él solo por sí mismo.
“Ni una sola persona sobre la Tierra sabe cómo hacerme”, afirma, siempre en primera persona, el amigo lápiz, pese a ser perfectamente consciente de que se trata de una de las herramientas más básicas de cuantas hoy disponemos para facilitarnos la vida.
Efectivamente, la elaboración de un simple lápiz implica una larguísima cadena de conocimientos dispersos, de habilidades particulares tan específicas y diversas que es imposible que un sólo individuo las posea todas.
Un lápiz básico, el estándar que se nos viene a la mente cuando se hace mención de dicho objeto, amarillo con cuerpo de madera y centro de grafito, coronado con una goma redentora sujeta con un cintillo de latón brillante, con sus especificaciones muy posiblemente inscritas en el cuerpo, es más que la mera suma de sus componentes: es un utensilio sin cuya cotidiana presencia el conocimiento humano probablemente se habría atrofiado algunos cientos de años.
Aun así, cada una de sus partes representa una industria por sí misma, con todas las áreas logísticas y productivas cubiertas por personal especializado, cuya omisión rompería toda la cadena y el lápiz (al menos, como lo conocemos) no existiría ya.
“Mi árbol familiar comienza con lo que en los hechos es precisamente un árbol”, reflexiona el lápiz al que da voz E. Read: “un cedro de fibra recta que crece en el norte de California y Oregón. Contemplen todos aquellos elementos que la tarea de cortar el árbol y transportar los troncos hasta la vía muerta del ferrocarril requiere: sierras, camiones, sogas y muchos otros pertrechos… Consideren ahora todas las tareas que se llevan a cabo en el aserradero en San Leandro…”.
El texto hace un largo, aunque quizás somero, recuento de todos los procesos por los que pasa la madera, incluyendo su transportación, sólo para dar paso al corazón mineral del objeto: “El grafito es extraído de Ceylan. Tengan presente a los mineros y a todos aquellos que produjeron sus diversas herramientas… El grafito es mezclado con arcilla proveniente de Mississippi, en cuyo proceso de refinado se emplea el hidróxido de amonio. Posteriormente, agentes humectantes, tales como sebo sulfurado, que es grasa animal químicamente tratada con ácido sulfúrico, son añadidos. Luego de pasar por numerosas máquinas, la mezcla finalmente luce como salida de una picadora de carne, y pasan a ser cortadas a medida, secadas y horneadas por varias horas a una temperatura de 1.850 grados Fahrenheit. Para aumentar su resistencia y suavidad, las puntas son tratadas con una mezcla caliente que incluye cera proveniente de México, parafina y grasas naturales hidrogenadas. La madera de cedro recibe seis manos de esmalte. ¿Tienen idea de cuáles son todos los ingredientes del esmalte?”.
Y así con el aro metálico (ferrule); así con la goma y los acabados. El lápiz enlista los procesos mecánicos y químicos, amén de los operativos y logísticos, que intervienen en su producción; al mismo tiempo trata de estimar la cantidad de personas que meten mano en todo el proceso, cada una de las cuales no contribuye sino con una parte infinitesimal del conocimiento que se necesita para que el lápiz llegue a nuestra mano.
Pero E. Read va mucho más lejos, pues incluye además a los proveedores de los alimentos de los obreros y trabajadores involucrados, lo que algunos podrían considerar exagerado. No obstante, usted puede quitarlos de la ecuación y aun así concluir que no hay manera de que alguien posea el conocimiento completo para elaborar desde cero un simple lápiz; no hablemos ya de una rasuradora eléctrica, de un medicamento o de un transbordador espacial del siglo pasado.
El ensayo fue retomado y popularizado por el Premio Nobel de Economía, Milton Friedman, para su libro y serie documental televisiva “Libertad para Elegir” (1980), en los que nos sensibiliza sobre dos conceptos clave de la teoría económica moderna: la división espontánea del trabajo: cómo un sinnúmero de personas, diseminadas por todo el planeta, sin ponerse de acuerdo ni conocerse entre sí (probablemente con diferencias irreconciliables), colaboran en torno a la producción de un mismo bien.
Y la famosa “mano invisible”: El hecho de que toda esta coordinación se dé gracias al libre mercado, sin una decisión centralizada, corporativa o estatal que planifique la producción de lápices.
Pero más que una simple curiosidad o un ejemplo de cómo funciona el modelo económico que rige a la mayor parte del mundo, hay una parte muy bella en la reflexión de “Yo, Lápiz”, pues reconoce la grandeza que hay en la suma de nuestra insignificancia; lo minúsculo que es el conocimiento individual cuando no se pone en interacción con la macroexperiencia colectiva; lo hermoso que es ser parte de una colmena y, desde luego, lo maravilloso que es formar parte de un proyecto llamado humanidad.
Sin embargo, la tesis del ensayo hoy se derrumba. Vigente hasta hace muy poco, la noción de que no existe un único individuo que reúna todo el conocimiento, el expertise y el know-how necesarios para fabricar, solo y sin ayuda externa, un lápiz con todo lo que ello implica, ha sido rebasada por la realidad.
Y, créalo o no, es un mexicano (para mayor orgullo) el que podría romper para siempre con este paradigma de la teoría económica.
El salto que México ha experimentado en la última década nos dio como resultado una generación de jóvenes y talentosos emprendedores capaces de incursionar en ámbitos tan diversos de la industria que la tesis de E. Read está a punto de quedar obsoleta.
¿Qué me diría de un joven emprendedor que lo mismo es un empresario competente en el campo de la petroquímica y los hidrocarburos, que un importante proveedor de la industria farmacéutica y otros insumos del área de la salud; todo ello sin que le impida incursionar en la infraestructura pública o ser un exitoso corredor inmobiliario; no digamos ya su faceta como artista de la facturación en el mundo de la contabilidad creativa sin pasar jamás por alto su modesto inicio como vendedor de pisos y azulejos en su natal Tabasco?
Este cabrón es, como dicen en aquella peli, “todos los personajes de Cantinflas en una sola persona”… ¡Pero en esteroides! Es lo que Friedman llamaría un “chpt”: chingón pa’ todo.
Por ello es muy probable que este sujeto ya posea todos los conocimientos para él solito hacer desde cero un lápiz… O una lancha de motor, o un colisionador de hadrones, o un whiskey de 18 años, lo que usted quiera, al fin que el cliente (el gobierno de la Transformación) ya lo tiene seguro.
Su nombre quizás le suene: Amílcar Olán.






