En su reciente columna de opinión, Manuel Jabois critica la naturalidad con la que se acepta la «kiss cam» de Coldplay, describiéndola como una herramienta «semifascista» que expone la intimidad de las personas en eventos multitudinarios. Jabois ironiza sobre la aparente contradicción de rechazar las cámaras callejeras por privacidad, mientras se aplaude la exposición de miles o millones de personas.
El autor pone como ejemplo a «dos amantes atontados del verano» que, al ser enfocados por la cámara, se ven forzados a una incómoda situación de exhibición pública. Para Jabois, la «kiss cam» va más allá de la mera coincidencia de ser visto en público; la considera una forma de «Estado controlando (¡o encamando!) a sus ciudadanos con la excusa de la diversión».
Cuestiona la naturaleza de la diversión propuesta por Coldplay, asociándola con un «buen rollo disfrazado de imposición» y un blanqueamiento de posibles conflictos post-evento. Jabois enfatiza la frontera difusa del consentimiento: ¿se consiente igual en la intimidad que frente a 80,000 personas exigiendo un beso? Para él, esta práctica es una «exigencia de una determinada reacción de felicidad para no romper la coreografía emocional colectiva», dejando al individuo sin elección.
Finalmente, Jabois concluye con una imagen mordaz: la «kiss cam» podría incluso enfocar a una pareja de terroristas en pleno acto, mientras el público ingenuamente corea «que se besen». Una crítica aguda a la invasión de la privacidad y la imposición de una falsa espontaneidad en nombre del entretenimiento masivo.






