En esta columna, Francesc de Carreras realiza una crítica mordaz y necesaria a la tendencia contemporánea de buscar atajos intelectuales a través de la tecnología. El autor parte de su propia curiosidad ante aplicaciones como Blinkist, que prometen transformar a cualquier persona en un pensador profundo mediante resúmenes de quince minutos. Con un tono que transita entre la ironía y la preocupación académica, De Carreras cuestiona la viabilidad de un método que pretende condensar obras monumentales de autores como Kant o Hannah Arendt en pódcast digeribles mientras se realizan tareas domésticas o se viaja en el metro.
El núcleo del argumento se apoya en la distinción filosófica de Erich Fromm entre el modo de tener y el modo de ser. El autor expone que el aprendizaje moderno ha caído en la trampa del tener, donde el conocimiento se acumula como una propiedad o mercancía para alimentar la apariencia y la vanidad social. En contraste, el verdadero saber pertenece al modo de ser, donde la información no solo se posee, sino que se asimila y transforma la naturaleza del individuo. Para De Carreras, conocer implica penetrar la superficie de la realidad y buscar las causas profundas, un proceso que es inherentemente activo, crítico y, sobre todo, lento.
Desde su experiencia en el ámbito del Derecho, el columnista ejemplifica que entender la actualidad requiere un anclaje sólido en la tradición y la historia; no basta con conocer la última reforma legal, sino comprender las instituciones que le dan sentido. Citando a figuras como Wittgenstein y Juan Ramón Capella, refuerza la idea de que pensar es un proceso de digestión lenta. Aprender de verdad no consiste en repetir ideas ajenas, sino en procesarlas hasta incorporarlas al pensamiento propio.
Finalmente, el autor concluye que la oferta de un conocimiento rápido, fácil y divertido es una falacia. El aprendizaje real exige concentración, tiempo, debate y esfuerzo constante. Desmitifica la utilidad de los resúmenes ejecutivos para la vida intelectual, señalando que estas herramientas solo sirven para aparentar sabiduría ante los demás, lo cual es, en última instancia, una manifestación de ignorancia. La columna funciona como un recordatorio de que en la era de la inmediatez, el pensamiento profundo sigue siendo una labor artesanal que no admite sustitutos tecnológicos.






