Los partidos tradicionales pasaron de la peor derrota de su historia, en las elecciones del año pasado, al negacionismo. El comportamiento surge cuando «todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable», dice el periodista científico Michael Specter. Al PAN y al PRI les resulta menos incómodo negar que, con el ascenso de Morena al poder, el país es otro, que aceptar la nueva realidad política y adaptarse a ella para refundarse, democratizar sus procesos, reconectarse con los electores y volver a ser, quizá en un futuro no cercano, opciones reales y competitivas.
El primer movimiento, formal e inaplazable, debe ser la disolución de la sigla «PRIAN». Los partidos históricos devinieron en siameses después de rivalizar por más de medio siglo. Vacíos de contenido, con agendas comunes y una pérdida incesante de votos, la alianza formada para detener el avance de la izquierda, a la cual satanizaron junto con las élites y los poderes fácticos, resultó ruinosa. El pacto y la renuncia del PRI a su programa social, y del PAN, a su espíritu democrático, fueron el fermento del cambio de régimen en curso impulsado por un movimiento social (Morena), y un líder carismático (Andrés Manuel López Obrador), capitaneado ahora por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Después de que Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto le ganaron la presidencia con argucias en 2006 y 2012, López Obrador pidió darlo por muerto. El PRIAN, los grupos de presión y los opinólogos del sistema cayeron en el garlito y se tiraron en la hamaca. Pero mientras el Gobierno y las cúpulas de los partidos fundados por Plutarco Elías Calles y Manuel Gómez Morín —e incluso el PRD, ya sin la guía de Cuauhtémoc Cárdenas— se repartían el presupuesto, lucraban con el poder y abrazaban la «kakonomía» (la ciencia de lo peor), Morena empezaba a tomar forma.
En el libro ¡Gracias!, con el cual se despide de la presidencia que sacudió al país en sus cimientos, López Obrador cuenta: «Mis giras a ras de tierra me salvaron; como me reunía en las plazas públicas con poca gente, creyeron que estaba liquidado y me dieron por muerto, políticamente hablando. Fue un milagro, porque no se ocuparon de mí, me dejaron trabajar (…), las visitas a los pueblos y regiones de México fueron aleccionadoras y fundamentales para el futuro de nuestro movimiento».
El PRI nació en el poder y lo ejerció por más de 70 años, lo cual explica, en parte, el atraso democrático del país. El PAN alcanzó la presidencia 61 años después de haberse lanzado a la arena política para revertir el proyecto social del general Lázaro Cárdenas, de lo cual se encargaría un PRI derechizado, mucho antes de que la tecnocracia tomara las riendas de ese partido y del país. Dar por muerto a AMLO y creerse el cuento, inventado por ellos, de que el tabasqueño representaba un peligro para México fue el peor error del Gobierno, los partidos y los defensores del statu quo.
Existían elementos para suponer que el movimiento de Andrés Manuel López Obrador estaba condenado al fracaso. En las elecciones intermedias de 2015, primeras en las que participó, Morena obtuvo apenas 3.3 millones de votos con los cuales alcanzó 35 diputados. Sin embargo, no se tomó en cuenta que la votación del PRI cayó 26.8%; la del PAN, 35%, y la del PRD, 52%. Ignorar esas señales le abrió a López Obrador las puertas para iniciar el cambio del sistema. La sacudida estaba a la vuelta de la esquina.