En una reciente columna de opinión, Bernardo Barranco V. explora la compleja y contradictoria relación entre la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y el crimen organizado, poniendo de manifiesto las diferentes posturas entre obispos y el «doble discurso» que, según el autor, caracteriza a la Iglesia católica en México.
La tensión se hizo evidente tras un taller sobre «fortalecimiento de capacidades de negociación» organizado por la Iglesia. Mientras el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias, aboga por el diálogo entre la sociedad civil, los gobiernos y el narcotráfico para pacificar el país, la presidencia de la CEM se deslindó de esta postura, aclarando que el objetivo del taller no era negociar con criminales, sino socializar metodologías de paz aplicables a todos los sectores. Otros obispos, sin embargo, especialmente aquellos en zonas de alta conflictividad, sí ven la necesidad de colaborar con las autoridades y la sociedad civil para acercarse a los grupos delictivos, buscando su rehabilitación y la mejora de las condiciones humanitarias.
Barranco V. señala que, a pesar de los matices, existe un patrón de doble discurso. Desde la década de 1970, la relación entre la Iglesia católica y el crimen organizado ha sido una constante, con escándalos de «narcolimosnas» y episodios de mediación. El autor recuerda controversias recientes, como las reuniones de obispos de Guerrero con grupos delictivos a inicios de 2024, o el pacto del obispo Salvador Rangel con criminales para una tregua electoral, los cuales, en su momento, fueron justificados por la CEM.
La columna también enumera varios ejemplos históricos que, según Barranco V., evidencian esta «extraña relación» y los beneficios que la Iglesia ha obtenido: desde las declaraciones de sacerdotes elogiando a narcotraficantes por sus donaciones, hasta encuentros de capos con nuncios apostólicos, confesiones de obispos sobre la recepción de donativos del narco, y acusaciones de lavado de dinero. El autor concluye cuestionando si la Iglesia realmente ve la violencia desde fuera, sin reconocer su propia corresponsabilidad en el deterioro del país.






