En una vibrante columna de opinión para «Territorio Amón» en El Confidencial, Rubén Amón defiende apasionadamente el aire acondicionado, elevándolo de simple invento a una verdadera «epifanía» y un «milagro cotidiano» indispensable para la civilización moderna, especialmente frente al «infierno estival».
Amón describe el aire acondicionado como el «protector último de nuestras carnes» y el «intermediario que nos salva del infierno estival». Para él, ha «civilizado el verano», permitiendo actividades cotidianas que antes serían insoportables, como trabajar o dormir. Critica a quienes, por una «idea mesiánica del decrecimiento» o una «austeridad mal entendida», reniegan de su uso, equiparándolos con «bárbaros» o «ascetas del sufrimiento térmico».
El columnista subraya la vital importancia del aire acondicionado en el automóvil, calificándolo de «cámara hiperbárica» o «chaleco antibalas» contra las olas de calor. Argumenta que la ausencia de este sistema convierte un coche en un «ataúd con ruedas» y la vida en una «odisea». Para Amón, no hay virtud en sufrir innecesariamente, y la capacidad de mantener una temperatura confortable es un derecho y un signo de progreso.
Finalmente, Amón aboga por una visión del aire acondicionado no como «enemigo del planeta», sino como «aliado de nuestra cordura». Propone que, más allá de la eficiencia y la reducción de emisiones, se reivindique el derecho a vivir cómodamente. Concluye que el frescor que proporciona no solo «enfría», sino que «ordena el mundo», fomenta la convivencia y tiene una «dimensión moral» al promover la generosidad y la unión. Es, en definitiva, «la gloria instantánea del chorro invisible» y una forma de salvación ante el abrasador calor.






