En su análisis crítico, Máriam Martínez-Bascuñán examina la convergencia ideológica entre la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y la nueva derecha global representada por figuras como Donald Trump y Javier Milei. La autora sostiene que la participación de Ayuso en foros internacionales como Mar-a-Lago no constituye un ejercicio de diplomacia tradicional, sino la construcción de una marca política basada en una definición selectiva de libertad.
En el texto analizado, la autora Máriam Martínez-Bascuñán utiliza la mención a Claudia Sheinbaum para ilustrar lo que denomina una aplicación selectiva y de bando del concepto de libertad por parte de la presidenta madrileña. El fragmento específico señala:
«La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.»
Con esta frase, la autora sostiene que la clasificación de los gobiernos extranjeros por parte de la administración madrileña no responde a estándares técnicos o diplomáticos de calidad democrática, sino a una afinidad ideológica. Martínez-Bascuñán argumenta que, mientras se omiten las acciones autoritarias de aliados como Trump o Milei, se etiqueta como dictadura al gobierno mexicano de Sheinbaum para alimentar una narrativa de confrontación propia de la nueva derecha global.
En este marco, el lenguaje democrático se vacía de contenido al calificar de dictadura a cualquier gestión que no se alinee con el liberalismo de mercado, mientras se omiten las pulsiones autoritarias de aliados estratégicos.
Martínez-Bascuñán vincula esta narrativa exterior con las políticas materiales ejecutadas en Madrid, como el cambio en el modelo de financiación del Círculo de Bellas Artes. Para la autora, la transición de subvenciones fijas a fondos condicionados por el «interés institucional» representa una forma de censura indirecta y disciplinamiento cultural. Este patrón se extiende a la sanidad y la educación pública, sectores que, según el texto, sufren un deterioro programado para favorecer opciones privadas y estructuras morales tradicionales.
El argumento central de la columnista es que existe una coherencia profunda entre el brazo simbólico y el material de este proyecto político. No se trata simplemente de ganar un debate ideológico, sino de desmantelar los espacios públicos donde la ciudadanía puede encontrarse y construir lenguajes alternativos. Al debilitar las instituciones que visibilizan la desigualdad como un problema político, el individuo queda aislado y sin herramientas de pensamiento colectivo. Martínez-Bascuñán concluye, citando a Wendy Brown, que este proceso de «desdemocratización» no elimina las formas externas de la democracia, pero sí destruye las condiciones materiales y culturales que permiten su ejercicio real, sustituyéndolas por un modelo donde la libertad se reduce al consumo y la adhesión de bando.






