El Mundial de fútbol de 2026, celebrado en Estados Unidos, México y Canadá, se presenta como el más grande de la historia con 48 selecciones y 104 partidos. Sin embargo, detrás de la emoción de los aficionados se esconde un complejo entramado financiero. Según explica el periodista Jesús Sérvulo González, aunque los tres países norteamericanos lograron ahorrar miles de millones de dólares al reutilizar estadios e infraestructuras de fútbol americano ya existentes, los beneficios económicos reales para las ciudades anfitrionas están bajo un fuerte cuestionamiento.
La FIFA y la OCDE estimaron inicialmente que el torneo generaría un impacto económico de 41.000 millones de dólares en la región. No obstante, analistas independientes y expertos en economía deportiva consideran que estas previsiones están muy infladas. El dinero que los asistentes gastan en los partidos suele restar consumo a otras actividades locales de entretenimiento, por lo que no implica un crecimiento real. Además, las reservas hoteleras y el turismo internacional han sido menores de lo previsto debido a las dificultades con los visados y el encarecimiento generalizado de los alojamientos y vuelos.
El verdadero ganador de este torneo es el organismo presidido por Gianni Infantino. La FIFA se asegura ingresos históricos que podrían superar los 15.000 millones de dólares gracias a los derechos de televisión, los patrocinadores globales y un polémico sistema de precios dinámicos que eleva el coste de las entradas a miles de dólares. Al final de la jornada, mientras las ciudades locales asumen los costes operativos y de seguridad, el grueso de las ganancias viaja directamente a las arcas de la federación internacional y de las multinacionales.






