Eliseo Mendoza Berrueto tomó durante su gobierno dos decisiones que pocos en su lugar se hubieran atrevido por los intereses en juego. La de carácter económico, anunciada casi al final de su Administración, la pudo evadir para no echarse encima a las élites. El Impuesto Sobre Nóminas (ISN) permitió a los siguientes gobiernos, a partir del encabezado por Rogelio Montemayor, afrontar el «error de diciembre» de 1994 que agotó las reservas internacionales, devaluó la moneda, disparó la inflación y desestabilizó las finanzas estatales. El ISN sacó de apuros a gobiernos manirrotos y venales e incluso sirvió para garantizar el servicio de la megadeuda; también se desvió para financiar campañas políticas y para otros fines alejados totalmente de su propósito original: invertirlo en obra social e infraestructura en los municipios que lo generaban.
La cancelación del horario de verano mediante consulta ciudadana, a principios del gobierno mendocista, tampoco agradó al poder económico, pues teóricamente afectaba sus negocios. El presidente Ernesto Zedillo lo reimplantó en 1996, y Andrés Manuel López Obrador lo derogó definitivamente en 2022, excepto en la frontera, en respuesta a una demanda nacional. El ahorro de energía, pretexto para imponerlo, era un cuento chino, pues la reducción del consumo no llegó ni al 1 % en los 26 años que estuvo vigente (Secretaría de Energía). De acuerdo con una encuesta levantada por la Secretaría de Gobernación, el 71 % de la población rechazaba el cambio de horario, debido a sus efectos nocivos para la salud.
Mendoza Berrueto también puso orden en la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), la cual era manejada como botín económico y político. La designación del reconocido investigador Remigio Valdés como rector pacificó la institución, la liberó del porrismo y la reencausó hacia sus propósitos fundamentales. La figura dominante en la UAdeC es el gobernador de turno, debido a los subsidios estatales, aunque las aportaciones del Gobierno federal son superiores. El control de los consejos universitarios y de las sociedades de alumnos permite manejar la Universidad con un sentido político.
Sin embargo, una chispa basta para trastocar la paz amorfa y hundir a la institución en un hervidero de conflictos —donde en apariencia no existen— cuyas consecuencias son imprevisibles. El ejemplo por antonomasia es el movimiento estudiantil de 1968, fundamental para la transición democrática del país. La Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC empieza a reunir las condiciones para un estallido. La sucesión del director se ha dividido en varios
bandos. La mayoría de los alumnos simpatiza con el exmagistrado y docente Óscar Nájera Davis, uno de los pocos que ostentan con dignidad la toga y no pertenecen al coro áulico. Los demás provienen del oficialismo y otros aspirantes dirimen sus diferencias a puntapiés.
Aún no hay fecha para las elecciones, pero desde ahora se ha soltado la jauría. Las credenciales académicas y profesionales de Nájera lo convierten en el candidato a vencer, razón por la cual se ha lanzado una campaña bajuna para presentarlo como ogro y pervertidor. Hace casi 2500 años, Sócrates fue condenado a muerte por envenenamiento acusado. Se le acusó de «corromper a la juventud», cuando en realidad criticaba al statu quo y la democracia directa por abrir paso a los demagogos y a los charlatanes. Nájera tiene enemigos en el gobierno y entre los muñidores de la UAdeC. Mantener la guerra sucia y fraguar ardides para eliminarlo de la competencia es la chispa necesaria para incendiar la pradera.






