Estados Unidos y los poderes fácticos de México no lidiaban desde hacía mucho tiempo con presidentes legitimados como Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, cuyas reformas y agendas sociales han afectado los intereses de la oligarquía a ambos lados de la frontera. Nuestro país ha estado sujeto históricamente a la aprobación del imperio: en las guerras de Independencia, de Reforma y en la Revolución. El apoyo de Washington determinó el ascenso al poder de la facción de su conveniencia y, en otros casos, la caída de gobiernos elegidos democráticamente como el de Francisco I. Madero, asesinado en 1913. La jerarquía católica y el conservadurismo porfirista le abrieron los brazos al «Chacal» Victoriano Huerta. El embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, instigó el golpe de Estado.
Washington se decantó en la Revolución por Venustiano Carranza en vez de por Francisco Villa, a quien vendió armas y llegó a considerar para la presidencia (Friedrich Katz, The Life and Times of Pancho Villa). Carranza había desconocido, como gobernador de Coahuila, al Gobierno espurio de Huerta. Su magnicidio, en 1920, ocurrió en medio de una pugna por el poder con Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Los grupos económicos de Estados Unidos también hicieron su parte, pues se oponían a las reformas plasmadas en la Constitución de 1917 en materia petrolera. Estados Unidos reconoció a los Gobiernos de Obregón y Calles —fundador del PRI—, pero el «Tratado de Amistad y Comercio», impulsado por el presidente republicano Warren G. Harding, generó tensiones por atentar contra la soberanía de México.
El Gobierno con mayor legitimidad, previo a los de López Obrador y Sheinbaum, fue el de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Inspirado en el nacionalismo y la justicia social, el general llevó a la práctica los principios de la Revolución y los postulados de la Constitución del 17. Impulsó la educación laica y las escuelas técnicas y rurales. El reparto agrario, la organización productiva y el respeto a derechos laborales respondieron a demandas largamente pospuestas. La defensa de la soberanía y de los recursos naturales dieron por resultado la expropiación petrolera en 1938; un año antes había pasado lo mismo con los ferrocarriles. La II Guerra Mundial influyó para que el presidente Franklin D. Roosevelt (demócrata) actuara con cautela y apoyara la expropiación con las indemnizaciones respectivas. Roosevelt sustituyó la política del «Gran Garrote» por la del Buen Vecino. Su relación con Cárdenas, cuyas agendas sociales coincidían, fue cordial en general.
Otro de los factores que inclinaron a Estados Unidos por la vía diplomática, de cooperación y respeto hacia nuestro país fue el amplio respaldo social del general Cárdenas. La expropiación petrolera unificó al país y fortaleció a un Gobierno de profunda raíz popular. Cuando México entró a la II Guerra Mundial en 1942, el presidente Manuel Ávila Camacho nombró a Cárdenas secretario de la Defensa, puesto que ocupó hasta el final del conflicto, en 1945. El prestigio de Cárdenas y su influencia política, acrecentados por el asilo a los exiliados españoles y su apoyo a la Revolución Cubana, le acompañó hasta el final de sus días. Referente histórico de la izquierda y fiel a la política de austeridad que predicó, su liderazgo moral contuvo la derechización del PRI y las aspiraciones reeleccionistas de Miguel Alemán. Décadas más tarde, la renuncia de su hijo Cuauhtémoc Cárdenas al PRI, por las mismas razones, contribuiría a la transición democrática del país y al ascenso de la izquierda al poder.






