Los Gobiernos de la alternancia se distinguieron por chatos. Vicente Fox no se atrevió a dar el salto que, en palabras de Bismark, distingue al estadista del político. El guanajuatense se perdió en hojarascas, devaneos y escaramuzas. El desafuero de Andrés Manuel López Obrador como jefe de Gobierno de Ciudad de México para eliminarlo de la carrera presidencial de 2006 —calificado por la presidenta Claudia Sheinbaum como «un atropello a la libertad»— representó uno de sus mayores errores. Pues en vez de anularlo, lo victimizó y le dio mayor exposición mediática dentro y fuera del país. AMLO marcó la agenda política nacional en las ruedas de prensa inauguradas por él en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento. Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto siempre estuvieron en el limbo.
López Obrador combinó la mística y la comunicación con la política. Reconocido por tirios y troyanos como comunicador eficiente y provocador ingenioso, en la epidemia de coronavirus exhibió una cédula del Espíritu Santo y aconsejó al pueblo a utilizarla como escudo. Los medios de comunicación se refirieron a ella como el «Detente» de los soldados carlistas del siglo XIX, y los críticos hicieron mofa del presidente sin considerar que la mayoría de los mexicanos es católica. AMLO concluyó el sexenio como lo empezó: con giras por los estados los fines de semana. Para sus predecesores, los días de descanso eran sagrados. Peña Nieto los dedicaba al golf; y Calderón, a brindar y cantar con mariachi o a capela.
El tabasqueño jugó siempre con las cartas abiertas; y sus opositores, a ciegas. Para afrontarlo utilizaron adjetivos y descalificaciones, no argumentos. «Mesías tropical», «populista», «dictador», «loco» le llamaron las cúpulas, pero en vez de turbarse, respondió con ironías. AMLO anunció en su toma de posesión un régimen distinto al impuesto por el PRIAN y las élites, para implantar en su lugar el «humanismo mexicano», que Sheinbaum continuará. El primer paso lo dio con los programas sociales, fundamento la 4T. A López Obrador se le percibe como un hombre genuino. Frente a la ampulosidad de otros presidentes, su estilo y trato directo lo identificaron con el México profundo y provocaron el enojo de las cúpulas. El Gobierno falló en temas de seguridad, salud, educación y crecimiento económico, pero desarrolló defensas para superar crisis y neutralizar la artillería de la «comentocracia», otra de las grandes perdedoras en las elecciones. Aun así, persisten en su empeño de negar que, en los seis últimos años, el país cambió. Mientras más tarden en aceptar esa realidad, menos podrán ofrecer alternativas y generar liderazgos para plantar cara a Morena.
El presidencia de Claudia Sheinbaum demuestra que, pese a las campañas de miedo y a la retórica catastrofista del PRIAN y de los grupos radicales, la mayoría apoya al régimen en ciernes. La fuerza y legitimidad de la primera presidenta proviene de las urnas. Las oposiciones han sido incapaces de construir plataformas y cuadros políticos de acuerdo con las nuevas circunstancias. No solo de México, sino del mundo. Sheinbaum destacó el paso del «modelo neoliberal y del régimen de corrupción y privilegios (…) al humanismo mexicano», con el cual, aseguró, a todos les ha ido bien. Los tiempos exigen sumar voluntades, aceptar la democracia tal cual es y permitir a las mujeres gobernar. Margaret Thatcher (química) transformó el Reino Unido, y la alemana Ángela Merkel (física) lideró la refundación de la Unión Europea. Sheinbaum (física) deberá demostrar, por el bien de México, que también está a la altura de las circunstancias.






