Es de los directores de orquesta más relevantes. Su forma de concebir la música clásica ha roto los esquemas. El maestro debutó junto a la Filarmónica de Londres en Madrid.
En el podio, Dudamel salta, y en los ensayos vuela. «Welcome to Madrid!», exclama el maestro con la batuta en mano y los brazos abiertos. Tras un par de días de ensayos en Londres, comenzó una pequeña gira por España que abrió y cerró en la capital. El maestro elogia a los músicos, los corrige… Pero los escucha. «Si los países funcionaran como una orquesta nos iría mucho mejor. Mucha gente dice: ‘¡Ah!, sí, muy mono’, pero el que quiera ver que lo vea.
A veces queremos ver las cosas más complejas de lo que son y una orquesta es una perfecta analogía de cómo funcionan las diferencias. Cien músicos juntos, cada uno con sus realidades personales, su idiosincrasia, su vida; que estudian en escuelas distintas, con instrumentos que suenan distintos, aunque unidos. Pero vivimos en un mundo en que el dividir es lo más importante; somos muchos los que queremos encontrar ese punto de empatía para crear un mundo mejor. No es un camino individual, es un camino que corre como un río, y se va moviendo y va siempre fluyendo».
La orquesta como sistema político donde el maestro no enseña, solo guía y une. Así concibe Dudamel su vocación como director. «Se puede dirigir sin ego, pero no creo que haya que desprenderse de él porque tiene una parte buena. Es cuestión de cómo tú lo manejas y cómo entiendes tu ego dentro de una comunidad llena de ellos. Cuando entiendes la misión de trabajar como una orquesta y lo privilegiados que somos los directores de estar con esta cantidad de músicos con todas sus realidades, y el hecho de converger en un mismo deseo de hacer música, es fascinante».






