Jeffrey Epstein no fue un millonario extravagante con avión privado y agenda exuberante, sino una contraseña de acceso al crimen clandestino y glamuroso. Una marca de agua, un marchamo indeleble que hoy certifica la corrupción como si se tratara de una denominación de origen. Basta pronunciar su apellido para que la conversación se enturbie y el interlocutor mire alrededor, no por miedo, sino por la sospecha de haber pisado un lodazal compartido. Epstein ya no designa a un hombre. Designa una atmósfera, cuando no un sistema que se observaba a sí mismo invulnerable.Su talento consistió en abolir las jerarquías morales. Bajo su lámpara coincidieron príncipes y profesores, magnates y filántropos, celebridades en busca de halago y sabios en busca de mecenas. De Ana Obregón a Noam Chomsky, de Donald Trump a los Clinton, Stephen Hawking y el expríncipe Andrés.La lista no distingue ideologías ni talentos, ni oficios ni beneficios, sino que más bien homologa presencias, canoniza comportamientos. Tanto más prestigio, más inquietante la proximidad. Y viceversa. Porque la cercanía a Epstein funciona como una mancha de aceite, no importa el grado, importa el contacto.
La catástrofe póstuma consiste en que su sombra opera como un reactivo químico que revela lo que preferíamos ignorar, es decir, la promiscuidad entre poder y deseo, entre dinero y silencio, entre vanidad y abuso. Epstein entendió que la corrupción puede ejercerse desde a fascinación y hasta desde el carisma. Ofrecía acceso y pertenencia. Proporcionaba la ilusión de formar parte de un círculo reservado donde la impunidad se confundía con el éxito.Y ahora, muerto, continúa facturando descrédito. Su nombre certifica cualquier trama abyecta como si llevara sello notarial. La degeneración, gracias a él, ya no necesita demostración. Tiene marca registrada, aunque no escasean los antecedentes.El caso más perturbador es el del presentador y DJ Jimmy Savile. Durante años representó la filantropía televisiva del Reino Unido. Murió venerado. Y la avalancha de denuncias posteriores transformó su memoria en un vertedero moral que salpicó a la BBC, a hospitales, a instituciones enteras. El muerto no pudo defenderse, pero tampoco hizo falta. La magnitud de los abusos convirtió su biografía en acta de acusación contra un sistema complaciente.Epstein comparte con Savile la misma cualidad corrosiva. La revelación póstuma no sólo destruye al individuo, arrastra a quienes orbitaban a su alrededor. En su caso, la muerte caracteriza un componente conspirativo que amplifica la sospecha. La ausencia de juicio alimenta la imaginación pública. Cada documento desclasificado, cada agenda filtrada, reactiva el escándalo como si el tiempo no hubiera transcurrido ni fuera a detenerse nunca.






