La omnipresencia de las plataformas y las redes sociales preocupa a los gobiernos, acaso tardíamente, por sus efectos reales y potenciales. Los primeros en emprender acciones contra esa plaga son algunos de Europa. Autralia fue el primero en prohibir su uso a personas menores de 16 años. México debería ser más estricto. Édgar London escribe en “Espacio 4” al respecto: «Las redes sociales se han convertido en uno de los espacios más influyentes —y menos regulados— en la vida de niños y adolescentes. Allí se informan, se entretienen, se vinculan emocionalmente y construyen identidad, sin que existan reglas claras que prioricen su bienestar por encima de intereses comerciales.
»El debate ya no gira en torno a preferencias individuales ni a modas digitales, sino a un problema estructural: millones de menores están expuestos diariamente a plataformas diseñadas para captar atención, moldear conductas y maximizar permanencia, mientras los Estados observan desde la retaguardia y delegan la protección de la infancia a mecanismos de autorregulación privada que han demostrado ser insuficientes. Las iniciativas para limitar el acceso de menores a redes sociales no emergen del moralismo ni del afán de censura, sino del reconocimiento de un daño acumulativo, documentado y sostenido en el tiempo.
»El crecimiento del uso de redes sociales entre menores confirma la magnitud del desafío. En México, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) muestra que más de 16.6 millones de personas de entre 6 y 17 años usaron redes sociales en 2023, y entre adolescentes de 12 a 17 años la proporción roza el 90 %. En Europa sucede otro tanto, estudios sobre bienestar digital infantil —como el informe «Infancia, adolescencia y bienestar digital», elaborado por UNICEF España y la Universidad de Santiago de Compostela, así como análisis del Joint Research Centre de la Unión Europea— indican que más del 78 % de niños de entre 10 y 11 años ya cuenta con perfiles activos en redes sociales, muchos de ellos con un uso diario e intensivo, pese a no haber alcanzado la edad mínima recomendada por las propias plataformas.
»Los teléfonos inteligentes se han vuelto omnipresentes y las plataformas están diseñadas para captar atención desde edades cada vez más bajas, con interfaces intuitivas, recompensas inmediatas y estímulos constantes que reducen cualquier fricción de entrada. Este patrón se ve reflejado en encuestas globales que sitúan a YouTube y TikTok entre los sitios más frecuentados por
adolescentes, con más de la mitad accediendo a ellas a diario y muchos declarando que están «casi constantemente» conectados. La omnipresencia de redes sociales en la vida cotidiana convierte a estas plataformas en un espacio dominante de socialización, información y ocio desde edades cada vez más tempranas, desplazando otras actividades que antes ocupaban el tiempo libre de los menores.
»La hiperconectividad no se limita a cifras de acceso o tiempo en pantalla, revela profundas vulnerabilidades en los usuarios jóvenes. El informe Infancia, adolescencia y bienestar digital, elaborado por UNICEF, Red.es y la Universidad de Santiago de Compostela, indica que más del 92.5 % de adolescentes están registrados en al menos una red social, y cerca del 75.8 % está en tres o más plataformas. Esto evidencia que la exposición digital masiva ocurre sin distinción de edad dentro de la infancia y adolescencia, con el teléfono móvil como principal medio de acceso desde edades muy tempranas.
»La misma investigación muestra que esta exposición sin acompañamiento adulto conlleva riesgos que deben abordarse como un problema de salud pública, pues el «mal uso de la tecnología provoca la pérdida de hábitos saludables, fatiga mental y presión por la imagen», además de aumentar la probabilidad de exposición a contenidos inadecuados o situaciones de acoso en línea. La vulnerabilidad se convierte en un desafío mayor cuando se considera que un uso problemático —definido como aquel que interfiere con la vida cotidiana y el bienestar emocional— afecta a un grupo significativo de adolescentes, y se presenta con mayor frecuencia entre chicas que entre chicos, lo que sugiere desigualdades de género en la experiencia digital».






