En la despensa del soltero, la lata de atún cumple aproximadamente la función del extintor. Puede pasar meses inadvertida, sepultada detrás del arroz, hasta que una noche se declara el incendio. Son las once y cuarto, la nevera ofrece una luz blanca sobre el vacío y cocinar exigiría una fortaleza moral que ya se consumió durante el día. Entonces aparece la conserva. Igual que sucede con una granada, basta tirar de la anilla para restablecer el orden constitucional de la cena.
Su principal virtud consiste en esperar. El yogur apremia y el aguacate obliga a concertar una cita con su madurez. El atún observa esas urgencias desde el armario con una serenidad mineral. La fecha impresa en la tapa suele remitir a un porvenir tan lejano que uno imagina haber cambiado de vida antes de alcanzarla. Resulta tranquilizador convivir con un alimento que parece tener más esperanza de vida que su propietario.
El soltero conoce bien ese consuelo. También la soltera, desde luego, aunque sospecho que el varón mantiene con la improvisación alimentaria una relación más temeraria. Abrir la nevera constituye a menudo todo su plan culinario. Mira dentro y cierra. Regresa unos minutos después, movido por la absurda esperanza de que la refrigeración haya producido espontáneamente una tortilla. Cuando fracasa el milagro, la despensa adquiere el rango de última instancia.
La lata tampoco exige ceremonia. Un tomate, si lo hubiera, basta para conferirle respetabilidad. La pasta la recibe con gratitud. Sobre unas hojas verdes consigue que la ensalada deje de parecer un castigo. En noches de especial abatimiento admite incluso el consumo directo, tenedor en mano, junto al fregadero. Pocas cenas ofrecen semejante relación entre esfuerzo y dignidad.
El mundo gastronómico ha trabajado con enorme empeño para complicarnos la comida. Los restaurantes explican procedencias y biografías del productor antes de permitirnos probar una anchoa. El atún en conserva… conserva una admirable falta de autoestima. No reclama relato. Nadie necesita conocer el nombre del marinero que lo pescó. Cumple con su cometido y se retira. Su modestia empieza a parecer revolucionaria.
Los nutricionistas han procurado empañar esta relación mencionando el mercurio. Recomiendan moderar el consumo de determinadas especies de gran tamaño por la acumulación de ese metal. La advertencia, lejos de intimidarme, añade cierto encanto al asunto. Me gusta saber que una cena tan dócil conserva una amenaza microscópica. El mercurio presta a la lata un matiz alquímico y compensa su aspecto burocrático. Hasta la comida más obediente merece conservar un pequeño expediente policial.
Su propia arquitectura inspira confianza. El cilindro metálico parece concebido para resistir un bombardeo. Puede imaginarse una ciudad reducida a escombros y, debajo de una viga, intacta, una lata de atún esperando que alguien la rescate. Las civilizaciones desaparecen con mayor facilidad que las conservas. Tal vez esa sea la verdadera explicación de su atractivo. Frente a una existencia que cambia demasiado deprisa, el atún permanece.
Permite incluso fingir que uno cocina. Esa virtud merece reconocimiento. Se corta un tomate, se vierte la lata y el resultado empieza a parecer una decisión. Con un poco de cebolla y una copa de vino puede adquirir pretensiones mediterráneas. Conviene servirlo en un plato. La vajilla representa en estos casos la frontera entre la cena y el auxilio humanitario.
La lata conoce también la visita inesperada. Entra alguien en casa, se hace tarde y surge esa pregunta fatal sobre si cenamos. La despensa resuelve lo que el anfitrión no había previsto. El atún acepta compartir mesa sin resentimiento. Lleva semanas esperando precisamente una calamidad de esa naturaleza.
El éxito de las aplicaciones de reparto debería haberlo jubilado. Ocurrió lo contrario. Pedir comida implica ahora recorrer fotografías interminables y asistir al prodigio económico por el que una hamburguesa acaba costando como una cena seria. La lata conserva una ventaja formidable, puesto que ya está en casa. Ningún motorista puede perderse con ella.
Tal vez la edad adulta consista en descubrir qué objetos merecen de verdad nuestra fidelidad. Uno concede demasiada importancia a asuntos bastante más solemnes y termina comprendiendo que la seguridad doméstica depende de reservas mucho más humildes. Saber que queda atún en un rincón de la alacena modifica la relación con la noche. Permite llegar tarde y haber fracasado en la compra sin caer todavía en la barbarie.
La lata de atún ocupa poco espacio, soporta el olvido, las bajas temperaturas y las elevadas, y jamás reprocha que recurramos a ella únicamente cuando todo lo demás ha fallado. Esa discreción explica buena parte de su grandeza.
El día en que el mundo se acabe, un arqueólogo interplanetario abrirá una despensa entre las ruinas. Y encontrará una lata todavía en fecha. Con un poco de mercurio, por supuesto. La eternidad tampoco podía ser saludable.






