El PAN volvió sobre sus pasos después de tocar fondo. Sesenta años tardó en ganar la presidencia y en apenas 12 la perdió. «En política —observa Manuel Fraga— todas las victorias son efímeras y todas las derrotas son provisionales». Sin embargo, la del PAN, más que derrota, pareció abdicación, entrega, para evitar que la izquierda tomara el poder y sometiera a sus líderes a juicio. La promesa incumplida de cambio pasó factura en 2012. Felipe Calderón ganó con una diferencia mínima de medio punto porcentual. Para una importante mayoría, la elección le fue robada a Andrés Manuel López Obrador.
Vicente Fox perdió el halo de caudillo de la primera alternancia y devino hazmerreír. Su Gobierno no fue necesariamente malo, pero defraudó las expectativas de millones de mexicanos. Cohabitar con el PRI y dar rienda suelta a los gobernadores agravó la escalada de violencia y corrupción en el país. Fox le prestó a AMLO el mayor de los servicios cuando lo desaforó como jefe de Gobierno de Ciudad de México con los votos del PAN y el PRI. Después intervino ante el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para pasar por alto las irregularidades del proceso.
La nominación de una candidata débil para sucesión de 2012, Josefina Vázquez Mota, lo explica solo un acuerdo entre las cúpulas política y económica. Esa alianza de facto le permitió al PRI recuperar el poder. Sin embargo, Enrique Peña Nieto resultó peor decepción, y su candidato, José Meade, pagó las consecuencias. El PAN jugó su última carta en las elecciones intermedias de 2021 y en las presidenciales de 2024. Coligarse con el PRI, espoleado por los poderes fácticos, los intelectuales de derecha y la prensa afín, lo condujo a la peor de sus crisis. No solo perdió millones de votos, que en trances anteriores había recuperado, sino algo todavía más difícil de conquistar: la confianza ciudadana. Legiones de militantes abandonaron sus filas y su representación en el Congreso, los estados y los municipios retrocedió varias décadas.
El relanzamiento del PAN y la reforma a sus estatutos es una vuelta al punto de partida simulada. Juan Antonio García Villa, una de las pocas voces del panismo histórico, desenmascaró a la nomenklatura dirigida por Jorge Romero, extensión de Marko Cortés y Ricardo Anaya: «Las reformas son cosméticas». La ruptura con el PRI reconoce el dislate y pretende revertir sus altos costos. Sin embargo, la disolución en los estados aún está por verse; si la decisión no se respeta, ¿para qué tanta alharaca?
Las dirigencias estatales parecen persuadidas de que es mejor asegurar posiciones locales (una gubernatura por aquí otra por allá) y prebendas personales que apostar por un futuro incierto. Bajo ese criterio, el PAN podría perder incluso lo poco que ahora tiene. La ciudadanía castiga el doble juego. En Coahuila, la alianza con el PRI lo fue con el «moreirato» y todo lo que representa la marca. En Chihuahua, María Eugenia Campos protege al venal exgobernador César Duarte; y en Aguascalientes, María Teresa Jiménez convirtió al PAN en coto personal. La cereza del pastel la puso Felipe Calderón en una carta a la asamblea: «(los gobiernos del PAN) con todo y limitaciones y errores (guerra contra el narcotráfico, caso García Luna…) han sido los mejores en lo que va del siglo». En «Elogio a la locura», Erasmo previene: Contra stultitiam non est defensio.






