El crítico Alberto Olmos comienza su columna describiendo la «maldición» del escritor: el pavor a no poder replicar una buena página o capítulo al día siguiente, lo que le lleva a despreciar, irónicamente, a los escritores de cuentos. Esta reflexión sirve como introducción a su crítica de dos novelas extensas y ambiciosas que, a su juicio, fallan precisamente por su extensión y por la incapacidad de mantener la calidad inicial.
Olmos relata su experiencia con «La picadura de abeja» de Paul Murray, una novela familiar de 700 páginas aclamada por la crítica. Si bien las primeras 200 páginas le parecieron «maravillosas» y deliciosas por su prosa y humor al narrar la historia de una adolescente, el resto del libro se le hizo «insoportable.» El autor lamenta que, al cambiar de personaje, Murray cambie radicalmente de estilo: introduce «tics posmodernos» con el hermanito y, peor aún, elimina toda puntuación (puntos, comas, etc.) en el tramo dedicado a la madre, resultando en doscientas páginas «completamente ilegibles.»
Una crítica similar recibe «El día que Nils Vik murió» de Frode Grytten. La novela, que inicialmente prometía una pureza al estilo de El viejo y el mar de Hemingway (un hombre que decide morir y se adentra en su barco por los fiordos), sucumbe a los «flashbacks impropios.» Olmos reprocha a Grytten rellenar páginas con recuerdos irrelevantes del pasado del personaje, una táctica que rompe con la sobriedad y la concentración en la travesía que caracterizó la obra de Hemingway.
En contraste con la decepción generada por estos volúmenes ambiciosos, el crítico se acuerda de «El accidente» de Blanca Lacasa (Editorial Asteroide). Este «librito de nada,» de solo 80 páginas y un precio de diez euros, se convierte en el objeto de su elogio. La obra narra un romance potencial, o «tonteo,» entre «él» y «ella» a través de frases sencillas y un «tono encantador» que la autora logra mantener.
Para Olmos, la virtud de Lacasa es su honestidad y brevedad. La obra es «muy liviana,» un libro que uno termina, olvida, pero que luego recuerda y piensa que «estaba muy bien.» El autor utiliza este ejemplo para criticar a los críticos que no leen los libros completos, dando por sentado que un buen inicio garantiza la calidad de toda la obra. Concluye con la máxima de que «cuanto más larga es una novela, peor clima,» destacando que la liviandad y el no engañar a nadie de un libro breve como el de Lacasa son, a veces, la mejor virtud literaria.






