¿Qué situación compromete más? ¿Ganar una elección en un final de fotografía o con la más alta votación? La primera obliga a aguzar los sentidos, poner los pies en la tierra, rendir el orgullo y cohabitar con la oposición y los poderes fácticos. Miguel Riquelme gobernó en tales circunstancias, forzado por una elección técnicamente empatada que el partido de Acción Nacional asegura haber ganado. El lagunero heredó del moreirato deudas y enemistades. Sin obras importante por las limitaciones financieras, tendió puentes con los sectores agraviados por los desmanes del clan. También mantuvo a raya a los cárteles, aunque hizo la vista gorda con el de la policía estatal, denunciado por la oposición. Brindar impunidad a los Moreira es el principal de sus pasivos.
En contraste, un triunfo holgado, como el de Manolo Jiménez, puede ofuscar, hacer perder la perspectiva y caer en triunfalismo excesivo. Distinto de los gabinetes previos a los del moreirato, formados por cuadros con experiencia técnica y política, en el actual brillan más las sombras. Esa es una de las razones por las cuales la baraja del gobernador para afrontar la sucesión todavía es limitada. La circunstancia alienta a aspirantes de otras fuerzas a fijarse en el imaginario colectivo y a disputarle espacios al gobernador.
El deslinde de Jiménez de Riquelme supuso la desarticulación del llamado Grupo Laguna, en realidad inexistente, pues se limita a un puñado de enchufistas. El mensaje resulta obvio: el poder regresó a Saltillo y su ejercicio corresponde solo al gobernador. Riquelme no pudo dar ese paso por estar demasiado condicionado. Las élites y la sombra de Rubén Moreira, quien mantuvo cierto grado de influencia en la administración, el Congreso y el Tribunal Superior de Justicia, le ataron las manos. La permanencia de Moreira en la Cámara de Diputados y su cercanía con el líder del PRI, Alejandro Moreno, lo acorazaron.
Riquelme se aisló y en lugar de proyectar liderazgo en la nueva circunstancia política del país, con ideas y propuestas, optó por rivalizar con un presidente legitimado y fuerte como Andrés Manuel López Obrador. Lo hizo, más que para atraer inversiones y recursos al estado, lo cual, de antemano, estaba descartado, para llamar la atención y posicionarse en el escenario nacional, donde la oposición sigue ausente. AMLO lo ignoró. La relación de Manolo Jiménez con la presidenta Claudia Sheinbaum es cordial pero a la vez ambivalente y se limita a lo esencial. No solo por razones de agenda y procedencia partidaria, sino también por formación política. El Gobierno del
estado no ha desafiado a la federación como Humberto Moreira y Riquelme lo hicieron, sin ningún resultado.
Sheinbaum no ha incluido a Saltillo en sus giras. López Obrador tampoco lo hizo. Sin embargo, las visitas de la presidenta a las capitales de Nuevo León y Jalisco, gobernados por Movimiento Ciudadano, son frecuentes, lo mismo que sus reuniones con autoridades y empresarios. Los recorridos por Coahuila se han limitado a las regiones Laguna y Carbonífera para supervisar el Programa Agua Saludable y dialogar con las familias de los mineros muertos por la explosión en Pasta de Conchos. Los Gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto se desentendieron del caso. El tren México-Nuevo Laredo, cuya construcción está próxima a iniciar, le brinda a Jiménez la oportunidad de acercar más a Coahuila con la presidenta






