Estados Unidos ha tenido presidentes impopulares y nefastos como John Tyler, James Buchanan y Andrew Johnson en el siglo XIX; y en tiempos menos remotos, Richard Nixon y George W. Bush. Pero quien sin duda se llevará la palma es el inquilino actual de la Casa Blanca, Donald Trump. Las manifestaciones acompañan al vociferante y atrabiliario líder republicano desde el inicio de su segundo mandato. Cada vez son también más concurridas y su tono más subido. La mayoría de los estadunidenses desea que se marche antes de causar males mayores. Nixon entendió el mensaje y renunció por motivos que, vistos los desmanes y arbitrariedades de Trump, parecen cosa de novatos: espionaje y encubrimiento.
Un creciente número de votantes, que ayer cerraron los ojos para no ver al tirano oculto, hoy le vuelven la espalda despavoridos. Son los pobres, las minorías raciales y los emigrantes castigados por la cancelación de programas de salud y educación, redadas y deportaciones; clases medias estrujadas por las alzas arbitrarias de aranceles; estudiantes, activistas, académicos y empresarios a quienes criminaliza y trata con la punta del pie. Las protestas del 18 de octubre en Nueva York, Chicago, Houston, Seattle, Los Ángeles y Filadelfia rebasaron toda expectativa. Las más copiosas y premonitorias tocaron el corazón político del país: Washington. Nixon cedió ante la presión, pues ya no tenía ni la fuerza ni la autoridad para seguir en el cargo.
El antitrumpismo insufla nuevos bríos al hasta hace poco desfalleciente Partido Demócrata. El expresidente Barack Obama y la excandidata Kamala Harris, objeto de la inquina trumpiana, han vuelto a la escena para desafiar al megalómano. Gavin Newton, gobernador de California, es visto desde ahora como uno de los favoritos para ocupar la Oficina Oval. Trump tiene en contra a los 37 gobernadores demócratas y el bloque republicano en el Congreso, el cual es mayoría, ya presenta fisuras. Trump empieza a recoger en su país las tempestades que su iracundia y retórica, insolente e incendiaria, siembran cada día dentro y fuera del imperio.
El escenario se complicará más para Trump conforme se aproximen las elecciones intermedias del año próximo, en las cuales se renovará la Cámara de Representantes y 39 gubernaturas. La consigna de «No reyes», convertida ya en coalición política, se corea en las calles de Estados Unidos. Un pueblo que en otro tiempo tomó partido por los derechos de las minorías, ahora se une en defensa la democracia y las libertades consagradas en la Constitución más longeva del mundo, amenazada hoy como nunca en su historia.
La protesta frente al Capitolio tiene una alta carga simbólica. El recinto asaltado hace más de cuatro años por hordas enfebrecidas, azuzadas por Trump para impedir la certificación del triunfo de Joe Biden y el traspaso pacífico del poder, esta vez fue ocupado pacíficamente por una legión de ciudadanos. Celebración anticipada de la derrota republicana y del autócrata.
Entre la marea de pancartas frente a la sede del Congreso, la de Brian Lee llama la atención: «Mi padre no luchó en un B-52 sobre Europa para esto». El clima, con Trump, al militar de alto rango en retiro le recuerdan los años previos a la Segunda Guerra Mundial. «Está presente en todos sus discursos y refleja lo que ocurrió en la década de 1930, no solo en Alemania, sino también en España. Es aterrador y tenemos que detenerlo, porque ni siquiera ha pasado un año, y me aterra pensar dónde estaremos dentro de otros tres» (Jesús Sérvulo González, El País, 18.09.25). Trump se ha convertido en enemigo de su pueblo.






