En su análisis sobre la relación transatlántica, Guy Sorman sostiene que las tensiones actuales entre Estados Unidos y Europa no son un fenómeno pasajero atribuible únicamente al carácter de Donald Trump, sino la manifestación de una corriente ideológica estructural: el aislacionismo. El autor argumenta que, desde su fundación, la nación estadounidense se ha definido por un rechazo hacia el modelo europeo, y que su participación en los grandes conflictos del siglo XX no respondió a una solidaridad democrática genuina, sino a la protección de intereses específicos tras ataques directos como los de 1917 o el bombardeo a Pearl Harbor.
Sorman desmitifica la función de la OTAN, calificándola como una ilusión de alianza eterna que en realidad sirvió para contener la amenaza soviética en favor de los intereses de Washington. Según su perspectiva, la organización debió desaparecer tras 1990, pero se mantuvo vigente bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo islámico, con resultados cuestionables en Irak y Afganistán. El autor recupera la visión del general De Gaulle, quien en 1966 retiró a Francia del mando integrado de la Alianza al comprender que la seguridad nacional no puede depender de una asociación ficticia.
La tesis central de la columna subraya que el trumpismo es la continuación de un nacionalismo arraigado que incluye componentes de racismo y xenofobia, comparando las actuales políticas migratorias con movimientos históricos como el Ku Klux Klan o el macartismo. Ante este panorama, el texto exhorta a Europa a reconocer su interdependencia económica y monetaria para transformarla en una capacidad de defensa autónoma, independiente de la tutela estadounidense.
Finalmente, Sorman advierte que Europa no debe heredar las enemistades del complejo militar-industrial de Estados Unidos, que actualmente busca confrontar a China para sostener sus beneficios económicos. Para el autor, las naciones no tienen amigos sino intereses, por lo que el continente europeo debe establecer relaciones civilizadas con potencias como China, India o Brasil, defendiendo sus propios objetivos estratégicos sin rendir cuentas a Washington. La conclusión es clara: la supervivencia política de Europa depende de su capacidad para actuar como un bloque soberano en un orden global donde Estados Unidos ha vuelto a sus orígenes aislacionistas






