La política mexicana tiene una gran capacidad para el reciclaje, no solo de figuras, sino de indignaciones. Recientemente, el diputado Guillermo Anaya recurrió al viejo hábito del reflector para arremeter contra la pensión por de retiro del exministro Arturo Zaldívar. Con el argumento de la «congruencia» y el cuestionamiento de «con qué cara miran al pueblo», Anaya ventiló una cifra que, aunque técnica y legalmente correcta —unos 374,600 pesos netos mensuales—, fue presentada con la conveniente intención de quien solo cuenta la mitad de la historia.
Memo Anaya omitió en su entrevista que ese esquema de privilegios no brotó de la nada, sino que fue propuesto y protegido por el PRI y el PAN, quienes lo construyeron y defendieron durante décadas. Resulta entretenido que hoy se escandalice por una pensión que representa el 90% del ingreso de un ministro en activo, cuando las nóminas de jubilados del Poder Judicial y de paraestatales como Pemex o el Banco de México están pobladas por figuras que su propio partido promovió.
Nombres como José Ramón Cossío o Margarita Luna Ramos, propuestos durante la administración de Vicente Fox, perciben pensiones de retiro similares bajo las mismas reglas que hoy Anaya pretende desconocer por rentabilidad electoral. Al señalar a Zaldívar, el diputado olvida mencionar a quienes, desde su propia trinchera histórica, se benefician de jubilaciones directivas que en casos específicos superan los 400,000 pesos mensuales. El señalamiento de Memo, entonces, no parece ser contra el monto, sino contra una persona.
Esta actitud de «verdad parcial» es la misma que ha marcado la trayectoria reciente del legislador. Es difícil hablar de principios cuando la memoria registra a aquel candidato que luchó ferozmente por la gubernatura de Coahuila, prometiendo justicia contra quienes hoy son sus socios legislativos en el Senado.
Ese abrazo con el antiguo adversario, a quien alguna vez amagó con llevar a prisión, es la prueba de que en el terreno de las marrullerías electoreras, la congruencia es el primer sacrificio que se hace en el altar del poder. Criticar al de enfrente sin mirar lo propio es, simplemente, política de conveniencia.






