En un análisis crítico sobre la realidad política mexicana, el autor Enrique Abasolo reflexiona sobre el desgaste que genera el eterno conflicto entre las visiones «indigenistas» e «hispanistas». El texto cuestiona por qué el gobierno actual se enfrasca en discusiones sobre agravios cometidos hace 500 años, comparando esta actitud con un «cobro transgeneracional» similar al pecado original, donde se busca justicia o disculpas de entidades que ya no existen para personas que tampoco vivían en aquel entonces. Abasolo señala que tanto los que defienden la Conquista como un proceso amable, como aquellos que idealizan el México prehispánico como un paraíso sin maldad, caen en demagogia y posturas radicales que solo alimentan el orgullo patriotero.
El artículo destaca que el nacionalismo es un sentimiento que muchas veces detiene el avance del pensamiento, ya que nacer en un lugar específico es un accidente geográfico y no una virtud automática. El autor advierte que, mientras el gobierno federal se concentra en pelear con la figura histórica de Hernán Cortés o en exigir disculpas a la corona española, las comunidades indígenas reales del presente sufren el abandono y la violencia de grupos delictivos en estados como Guerrero. Para Abasolo, este uso de los mitos ancestrales es una herramienta del populismo para invocar una unidad nacional artificial mientras se descuidan las tareas esenciales del Estado.
Un punto central de la crítica es la reciente confrontación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y la política española Isabel Díaz Ayuso. Aunque el autor califica la ideología de Ayuso como despreciable y sus visitas como provocaciones diseñadas para generar conflicto, sostiene que es un error estratégico que el gobierno mexicano caiga en la trampa. Al responder de forma oficial y autoritaria, el Estado le otorga a su interlocutora la exposición que busca y le permite presentarse como una «mártir de la libertad de expresión». Según el texto, en una democracia se debe defender incluso el derecho de los demás a tener opiniones equivocadas o ignorantes.
Finalmente, el autor concluye que la jefa del Ejecutivo no debería rebajarse a pleitos personales de índole ideológica. Utilizar todo el poder del Estado para atacar a una figura por su forma de pensar, por más cuestionable que esta sea, resulta en una discusión desigual que se acerca más a los métodos de regímenes autoritarios que a una verdadera democracia progresista. Abasolo sugiere que estas batallas deben librarse en el ámbito civil y a través de la educación, sin que el gobierno descuide la seguridad y las necesidades urgentes del México de hoy por perseguir fantasmas del pasado.






