«Tu organismo no tiene enzimas para degradarlos y se quedan en tu cuerpo dando vueltas por tus vasos sanguíneos», alerta el especialista.
En las estanterías del supermercado, un pan de molde que no se endurece en dos semanas parece un avance de la modernidad. Pero, esta longevidad no es un mérito, sino una señal de alarma. “Es de mala calidad, envasado, que sabemos que lleva aceites, sobre todo aceites de girasol que no son alto oleico”, explica con claridad. Frente a la comodidad del alimento empaquetado, Rojas contrapone la biología: lo que el cuerpo no reconoce como natural, no sabe cómo degradarlo. Ese desequilibrio, advierte, tiene consecuencias silenciosas pero graves, especialmente cuando se repite día tras día en la dieta de los más pequeños.
“Son muy proinflamatorios y el cuerpo no los puede eliminar”, denuncia. No es una crítica sin fundamento: diversos estudios, como los publicados en ‘Lipids in Health and Disease’, han documentado cómo los aceites vegetales refinados ricos en ácidos linoleicos promueven procesos inflamatorios crónicos asociados al desarrollo de enfermedades cardiovasculares. Rojas subraya que el problema no es la grasa como concepto, sino el tipo y el contexto en el que se consume: “Tu organismo no tiene enzimas para degradarlos y se quedan en tu cuerpo dando vueltas por tus vasos sanguíneos y se depositan y es cuando acaban produciendo problemas a largo plazo”.






