De niño vareaba nogales en la huerta de mi abuelo Eulalio, ubicada en terrenos de don Pedro Valdés, contiguos a su casa, donde después se erigiría la colonia Nuevo San Isidro de Torreón. Escalar a las alturas no era el problema, sino plantar los pies en la tierra. Esa experiencia me ayudó a desarrollar habilidades y a sortear dificultades. Desde entonces nacieron mi cariño y respeto, no solo por esos árboles de sombra generosa y espléndido fruto, sino por la naturaleza en general. Ese fue uno de los motivos por los cuales me uní a la indignación de los vecinos de la colonia Jardín, de Saltillo, por el atentado de una corporación inmobiliaria contra un nogal que existía antes de que la zona atrajera tiburones.
El intento de despejar la calle se hizo con la proverbial soberbia del poder económico, para el cual no hay resistencia, por justa que sea, que el dinero y las influencias no puedan vencer. El primer paso consistió en verter clandestinamente diésel por una oquedad del árbol para provocar su muerte y después arrancarlo de cuajo. La reacción de las familias frustró la tentativa. Desde entonces, la asociación «Vecinas y Vecinos en Defensa del Nogal» celebra anualmente el Festival del Nogal para conmemorar su gesta. El tercer festejo tuvo lugar el 28 de julio en torno del árbol, que a sus 60 años contempla enhiesto a los poderosos que quisieron destruirlo.
La victoria vecinal sienta un precedente y envía un mensaje irrefutable: ninguna causa, por pequeña que parezca, se pierde de antemano mientras la acción persista y sus intereses sean genuinos. Si conductas así fueran la regla y no la excepción y se extendieran a todos los ámbitos, especialmente al político-electoral, podrían gestarse grandes cambios. Entre otros: una división real de poderes, rendición de cuentas efectiva y apertura de expedientes como los de la megadeuda y las empresas fantasma. También la renovación de cuadros para que ningún grupo se eternice en el Gobierno y los organismos autónomos funcionen como tales.
Los defensores del nogal de Saltillo han dado un ejemplo a los orgullosos laguneros también en un tema arbóreo. El 10 de agosto mi amigo Alejandro Nava Femat compartió con un grupo de WhatsApp este mensaje: «Con el clima extremadamente caluroso en Torreón (donde en verano la temperatura alcanza los 40 grados), en Diagonal Reforma y calle 32 cometieron este ecocidio cercenando este majestuoso árbol (adjunta fotos de cuando era frondoso y ya mutilado) para instalar una tienda (no sé cuál) de conveniencia». Le respondí que en La Laguna falta sociedad y sobra lambisconería, y lo puse
al tanto del nogal que en la capital se defendió a capa y espada. Alejandro propone boicotear al negocio causante del daño.
Cuando mi hermano José Luis Hernández visitó el lugar, las raíces del árbol —un pinabete de 40-50 años— ya habían sido reemplazadas por unas varillas de acero. El tronco fue sustituido por un poste; y el follaje, por el anuncio de un OXXO. El caso refleja, en sentido metafórico, el progreso sostenido de la capital y el abandono de la segunda ciudad más grande del estado. En Saltillo, un sector de la sociedad se organizó para salvar un nogal de la fruición capitalista. En Torreón, una cadena impone su interés, destruye un árbol y nadie se inmuta. «Los pueblos tienen los gobiernos que se mercen», recuerda José Martí






