Un cuarto de siglo después de haber «echado al PRI» de Los Pinos, Vicente Fox se unió a la fauna tricolor sin tener nada que ofrecer, excepto un odio visceral hacia su némesis: Andrés Manuel López Obrador y su sucesora en la presidencia, Claudia Sheinbaum.
No es la primera vez que, en su afán por detener a la izquierda, el guanajuatense se pone del lado del PRI y no del partido que lo llevó al poder. En 2012 le volvió la espalda a la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, y pidió votar por el priista Enrique Peña Nieto; es la «mejor opción» para garantizar la gobernabilidad del país, declaró.
Dieciocho años de guerra sucia de Fox y la derecha no lograron detener el movimiento social gestado décadas atrás; solo pospusieron su irrupción, la cual sepultó al «prianato» en 2018 con 30 millones de votos. La historia de ese encono, sin embargo, comenzó mucho antes: Fox y AMLO llegaron al poder en 2000; uno como presidente y otro como jefe de Gobierno de Ciudad de México.
El panista derrotó a Francisco Labastida (PRI), a quien, en uno de los debates, le espetó: «Estimado señor Labastida, a mí tal vez se me quite lo majadero, pero a ustedes (los priistas) lo mañosos, lo malos para gobernar y lo corruptos, no se les va a quitar nunca». Ese ranchero macho forma parte hoy del coro de Alejandro Moreno, líder del PRI.
En las mismas elecciones de 2000, AMLO derrotó al exconsejero del IFE, Santiago Creel, postulado por el PAN. Fox lo incorporó a su gabinete como secretario de Gobernación, pero no pudo imponerlo como sucesor, pues Felipe Calderón se lo impidió. La rivalidad entre el conservador y el liberal nació en ese contexto de polarización política.
AMLO fijó desde un principio postura y contrastó los intereses representados por uno y otro. «Con usted tenemos diferencias en cuanto al proyecto de nación, sobre todo en materia de política económica», le dijo a Fox en su toma de posesión como jefe de Gobierno de la capital. López Obrador ofreció actuar «con entera responsabilidad» sin abandonar sus ideales.
«Somos actores y testigos de circunstancias históricas excepcionales», advirtió. «Se abre para México un horizonte de cambios profundos y negociaciones políticas, en un escenario de división de poderes y de alianzas inevitables, que exige a todos el respeto a la diversidad, el autolimitarnos, y mostrar disposición al diálogo con compromisos.
En una relación como la nuestra, ciudadano presidente, seguramente habrá discrepancias, pero también coincidencias, y en todo momento habrá el respeto que corresponde a su investidura».
En el transcurso del sexenio 2000-2006, la figura del presidente se achicó y la del líder capitalino se agigantó. El desafuero de AMLO, promovido por Fox para eliminarlo de la carrera presidencial, disparó la popularidad del tabasqueño y el PRD lo convirtió en su candidato.
Frente a las constantes intromisiones de Fox —reconocidas después por él mismo— y la presión de los poderes fácticos, AMLO increpó desde Oaxaca. «Cállese, ciudadano presidente, deje de estar metiendo las narices en la elección». Popularizada como «¡Cállate, chachalaca!», el PAN aprovechó la frase para presentar a López Obrador como «un peligro para México».
Fox, a quien AMLO retiró la pensión vitalicia, lo mismo que a todos los expresidentes, ha vuelto a la palestra sin el brío ni el brillo de hace 26 años, a decir que el PRI —no el PAN, su partido, si acaso aún lo es— renacerá cual ave fénix. Lo dicen «sus» encuestas. AMLO, desde su retiro en Palenque, Chiapas, olímpicamente lo ha ignorado. El caudillo tiene siempre otros datos; la intención de voto para las elecciones de 2027 los avala.






