En su análisis sobre el panorama político actual, Dahlia de la Cerda examina la figura de Claudia Sheinbaum como la primera mujer en alcanzar la presidencia de México, destacando que su posición la expone a un fenómeno que trasciende la crítica democrática convencional: la violencia política de género. La autora establece una distinción fundamental entre el escrutinio legítimo a la gestión de una jefa de Gobierno y los ataques que buscan deslegitimar su autoridad mediante estereotipos y jerarquías históricas. La tesis central sostiene que, mientras a los gobernantes varones se les cuestionan sus decisiones, a las mujeres en el poder se les intenta disciplinar a través del lenguaje para recordarles un supuesto lugar de subordinación.
El punto focal del análisis es el uso del término presirvienta como un dispositivo de violencia interseccional que combina misoginia y clasismo. De la Cerda argumenta que este insulto no es una grosería aleatoria, sino un mecanismo que busca negar la agencia de la mandataria, sugiriendo que no posee autonomía y que su función es meramente ejecutora u obediente. Al utilizar la palabra sirvienta, el ataque activa un desprecio histórico hacia el trabajo doméstico y feminizado en América Latina, asociando el mando con lo masculino y lo patronal, mientras vincula el servicio con lo femenino y lo subalterno.
La autora subraya un doble rasero en la percepción pública: acciones que en presidentes hombres se interpretan como gobernabilidad o ejercicio del poder, en Sheinbaum se leen frecuentemente como servilismo o falta de carácter. Para ilustrar esta asimetría, la columna compara los insultos dirigidos a exmandatarios como Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón; aunque fueron feroces, no activaban jerarquías de opresión histórica ni cuestionaban su derecho intrínseco a mandar por su condición de género. En contraste, el epíteto dirigido a la actual presidenta funciona como una «corrección social» que intenta degradar simbólicamente su posición.
Este fenómeno no es exclusivo de México. De la Cerda conecta la experiencia nacional con la de otras líderes globales como Angela Merkel, Michelle Bachelet o Dilma Rousseff, quienes enfrentaron procesos de patologización, sexualización o reducción a su apariencia física. En todos los casos, el objetivo es desplazar el debate del terreno de las políticas públicas hacia el cuerpo y el mandato de género. Citando a teóricas como Rita Segato, la autora concluye que esta violencia tiene una función pedagógica y disciplinaria: enviar un mensaje a todas las mujeres sobre el costo de ocupar espacios de poder.
Finalmente, el texto advierte que responder a estas agresiones justificando la gestión técnica de la presidenta es insuficiente, ya que el problema radica en el marco simbólico del juicio. El uso de términos como presirvienta revela un orden social que aún se resiste a reconocer la plena legitimidad del liderazgo femenino, utilizando el lenguaje no como un medio de comunicación, sino como un archivo de dominación que busca restituir la jerarquía patriarcal y colonial.






