El mundo del arte se encuentra de luto tras el fallecimiento del célebre pintor británico David Hockney a los 88 años en Londres, un suceso que la columnista Camilla Ridgers describe como la partida de un hombre que dedicó su existencia a regalar belleza al planeta. A través de un emotivo texto, Ridgers repasa la incansable trayectoria de un creador que comenzó su viaje en una familia obrera de Bradford y terminó convirtiéndose en uno de los artistas más influyentes y queridos del siglo XX y XXI, pintando prácticamente hasta el último de sus días.
La autora recuerda cómo Hockney alcanzó la inmortalidad artística en la década de 1960 al mudarse a Los Ángeles, donde retrató las icónicas piscinas de California bajo un azul único, destacando su famosa obra «A Bigger Splash». El pintor poseía una capacidad asombrosa para transformar cualquier imprevisto en una obra maestra; ejemplo de ello fue cuando su automóvil se averió en México en 1984 y, mientras esperaba en un hotel de Acatlán, capturó la luz del lugar en un cuadro lleno de alegría. Su curiosidad lo llevó a diseñar escenografías en París, retratar los paisajes boscosos de su infancia en Yorkshire y experimentar constantemente con nuevos soportes.
En sus últimos años, Hockney demostró que la edad no es un obstáculo para la innovación al adoptar el uso del iPad para crear arte digital durante el confinamiento en Normandía, diseñando un enorme friso de noventa metros que plasma el cambio de las estaciones del año. Camilla Ridgers concluye su homenaje invitando a recordar la filosofía de vida del artista, la cual se resumía en una frase simple pero poderosa: amar la vida y nunca dejar de mirarla.






