La Metamorfosis del hartazgo a la falsa sonrisa en busca de la succión eterna
La escena se repite con una monotonía cínica en las calles de la entidad. Representantes que, por ley, deberían estar inmersos en el rigor del análisis jurídico y la construcción de presupuestos, hoy prefieren el asfalto y el micrófono ajeno. Se asiste a una mutación del deber ser legislativo: el diputado ha dejado de ser un arquitecto de leyes para convertirse en un acompañante de obra pública, un gestor de flores y un invitado recurrente en cabinas de radio.
La Metamorfosis del Gasto Público
El fenómeno de la reelección ha desvirtuado la naturaleza del encargo. Lo que debería ser una rendición de cuentas sobre la productividad en tribuna se ha transformado en una «precampaña descarada» financiada por el erario. El ciudadano observa, con una mezcla de hartazgo y asombro, cómo aquellos que evitaban el cuestionamiento hoy saturan canales digitales y espacios de noticias, movidos no por el afán de informar, sino por el pánico a perder el privilegio.
Productividad vs. Protagonismo
La labor legislativa fundamental se encuentra en un preocupante segundo plano:
- El Abuso del Exhorto: La tribuna se ha reducido a una pasarela de «llamados a misa». En lugar de legislar para transformar la estructura del estado, se dedican a exhortar a los órdenes de gobierno contrarios, utilizando la curul como un mazo político y no como una herramienta de cambio social.
- La Dieta del Privilegio: Mientras los distritos enfrentan carencias estructurales, el presupuesto se drena en sueldos estratosféricos, bonos, comisiones y viáticos que rara vez se traducen en beneficios tangibles para el electorado.
- Opacidad Sistémica: La transparencia sigue siendo la gran asignatura pendiente. Las «prestaciones ocultas» y los acuerdos bajo la mesa mantienen una barrera infranqueable entre el representante y el representado.
La Urgencia de un Relevo Ético
El crecimiento de Coahuila en el ámbito legislativo no vendrá de la mano de quienes ven la curul como una propiedad vitalicia. La verdadera evolución requiere que las nuevas caras no se dejen contaminar por la inercia de la «banca caliente». Un diputado no recibe un salario público para colgarse de los logros de un alcalde o para promocionar su imagen en eventos sociales; se le paga para estudiar, debatir y generar leyes que garanticen seguridad y prosperidad.
La lección que el mercado electoral debe imponer es clara: el lugar correcto de un legislador es aquel donde su trabajo mejora la vida de todos, no donde su rostro luce mejor para la próxima boleta. El compromiso debe ser con la ley, no con la nómina.






