La carta de María García Antúnez pone sobre la mesa una realidad cotidiana que suele pasar desapercibida: la desigualdad estructural en el diseño de los baños públicos. Aunque tradicionalmente se han construido baños para hombres y mujeres con dimensiones similares, esta aparente igualdad ignora las diferencias biológicas y funcionales que existen entre ambos sexos. Mientras que el uso de los urinarios permite una rotación rápida para los hombres, las mujeres enfrentan un proceso mucho más complejo y lento que incluye el uso de cabinas cerradas, la gestión de prendas de vestir, el manejo de bolsos y la higiene relacionada con la menstruación.
Este fenómeno, conocido en el urbanismo como la brecha de las colas, evidencia que tratar de manera igualitaria a grupos con necesidades distintas termina generando una injusticia. La autora señala que la resistencia ante la ampliación de los espacios femeninos se percibe a menudo como una pérdida de derechos para los hombres, cuando en realidad se trata de una adecuación necesaria para garantizar una necesidad básica en paz. Además, el problema se agrava por el sesgo de género que aún sitúa los cambiadores de bebés mayoritariamente en los baños de mujeres, incrementando la saturación. Repensar estos espacios no es otorgar privilegios, sino aplicar un diseño funcional que reconozca la diversidad biológica y facilite la vida en común.
Nota basada en el texto de: María García Antúnez.






