El columnista Luis Alemany reflexiona sobre una famosa fotografía de Frank Gehry de 2014, en la que el arquitecto aparece mostrando el dedo corazón con una expresión de tedio, desmitificando la interpretación popular que lo considera un gesto de «sexy desacato» o rebeldía warholiana. Alemany sostiene que, en realidad, el gesto fue un momento de «melancolía, de soledad en la fiesta» y el «repliegue de Goliat» en un contexto de profunda crisis.
La fotografía fue tomada durante la entrega del Premio Princesa de Asturias, en los años posteriores a la crisis del ladrillo, cuando los arquitectos visionarios eran vistos como cómplices del desastre económico. En Oviedo, Gehry fue cuestionado por un periodista sobre el conflicto entre la forma bella y la función en la arquitectura. Alemany cree que el dedo no se dirigió al reportero, sino «al mundo» que lo señalaba.
Alemany profundiza en las paradojas de Gehry, observando su vida y obra con simpatía a pesar de sus imprudencias y delirios de grandeza. Recuerda que su propia casa en Santa Mónica fue inicialmente odiada por sus vecinos debido a su estrategia radical de deconstrucción, aunque para su familia se convirtió en un verdadero hogar, calificada como la «más divertida y menos rígida» de las casas-manifiesto del siglo XX.
El autor destaca el camino lleno de riesgos de Gehry. Al inicio de la construcción del Guggenheim de Bilbao, el arquitecto se enfrentaba al caos de otras obras fallidas y al miedo al fracaso, encontrando alivio en la marihuana. Su carrera se salvó gracias a un ingeniero y un programa de diseño aeronáutico. Alemany concluye que el lenguaje arquitectónico de Gehry, originalmente creado para expresar la angustia y el caos de la vida a través de formas rotas, irónicamente se convirtió en una imagen de éxito gozoso e inofensivo, lo que añade otra capa de ironía a la melancolía que pudo haber sentido en 2014.






