Una cosa es que la CIA monte una excursión por la sierra de Chihuahua o que un juzgado de Nueva York acuse de narcotráfico a un gobernador, pero que la agencia espacial estadounidense se atreva a decir que el Ángel de la Independencia se está hundiendo como un muñeco de barro es un ataque intolerable a la soberanía. La información de un nuevo satélite de la NASA, que confirma los estragos de las arenas movedizas que cimientan la Ciudad de México, ha sido el colofón excéntrico a unas semanas donde la presión de Estados Unidos ha subido casi hasta la asfixia.
Las imágenes del nuevo satélite, diseñado para sobrevolar la Tierra de día y de noche, llueva o truene, capturan hasta los movimientos más sutiles, sin que nubes ni árboles molesten al gran ojo espacial. Bien, su conclusión no es solo que la capital se esté hundiendo, algo ya sabido y comprobado, sino que cada vez lo hace a más velocidad. En las zonas más críticas, como el área del aeropuerto, el desplome supera los dos centímetros al mes. Para final de año, la pista de aterrizaje de los aviones tendrá un mordisco del tamaño de un lapicero.
José Emilio Pacheco llamó a la ciudad el “monstruo de las ruinas sucesivas”, un animal amorfo y caótico con tendencia a devorarse a sí mismo. Jorge Ibargüengoitia le decía «la ciudad diabética», por su crecimiento descontrolado sin que dé tiempo a procesar tanto atracón. A los dos, seguramente los cronistas más quirúrgicos de la ciudad, les tocó además vivir la explosión urbana del antiguo Distrito Federal: en apenas tres décadas, de los cincuenta a los ochenta, la población pasó de 3 a 14 millones.
Así nació también el nada inocente nombre de “mancha urbana”, un gigantesco borrón apretujado, desde el centro hasta las periferias, arrasando con suelo, agua y zonas verdes. Por eso el monstruo se hunde. Porque está construido sobre un acuífero y antiguos lagos, y el secado de esa agua para alimentar el peso de una ciudad de más de 20 millones de almas va empujando hacia abajo la tierra que pisamos.
Para responder a los movimientos de la CIA y del Departamento de Estado, México ha puesto en marcha a toda la maquinaria institucional, desde el Gobierno hasta la Fiscalía. Para enfrentarse a la NASA, mi compañera Sara González recurrió a los científicos de la UNAM. Su tesis: la ciudad se hunde, como tantas otras, y además no lo hace tan rápido como dicen los satélites estadounidenses. «Los Ángeles se hunde, el Valle de San Joaquín se hunde, el valle de Santa Clara se hunde, no es un problema exclusivo de Ciudad de México. Sí es más dramático acá, pero es un fenómeno relativamente lento. No es que ahora la NASA esté reportando que hubo un cambio drástico”.






