No me repongo, no. O sea que formo parte de los huérfanos, viudas y viudos que ha dejado Morante en su improvisada retirada.
Digo improvisada porque ni sus más allegados estaban al tanto de la decisión. La valoró el pasado domingo por la mañana. Y la precipitó cuando le dieron las dos orejas en Las Ventas.
A ver, se las dieron porque las mereció. Y le sirvieron de coartada para arrancarse la castañeta en el centro del ruedo. Retirarse en la plenitud, en la cima de la gloria. Lo hizo en soledad mientras los morantistas asistíamos atónitos al acontecimiento.
Y nos mirábamos entre la frustración y la alegría. Alegres porque Morante se merece descansar después de haber toreado tantas veces en el abismo. Y frustrados porque nos habíamos acostumbrado al régimen de euforia y de plenitud.
«Se acabó» el toreo, dijo el Guerra cuando tuvo noticia de la muerte de Joselito. La ventaja es que Morante está vivo a sus 46 años. Y que la tauromaquia le sobrevive precisamente porque el maestro de La Puebla ha sido capaz de convocar un impresionante aluvión de jóvenes y jovencísimos aficionados.
Es un milagro contracultural. Morante ha puesto de moda los álbumes de cromos en papel. Y ha movilizado las redes sociales y los vídeos virales sin tener él mismo TikTok ni Instagram, igual que carece de estrategia mediática y de página web. Lo que gusta de Morante es la excepción, su perfil de mito viviente.
Descanse usted, maestro. Y tenga cuidado con los sortilegios. La decisión de despedirse con el vestido de Antoñete implica aceptar que se acerca la fecha de la reaparición.






