Aviso de fin del mundo
La costumbre de despedirse con un «si Dios quiere» siempre ha llevado implícita una amenaza sutil sobre la fragilidad de la vida. De manera similar, los medios de comunicación y las agencias de noticias cerraron la semana lanzando la voz de alarma sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial acabe con la humanidad en un futuro cercano. Tras sembrar el pánico, dejaron la conversación en manos de creadores de contenido y podcasteros encargados de monetizar el temor del público.
Las advertencias del ciberapocalipsis
El alarmismo creció a raíz de las declaraciones de Jacob Coxon, un joven ingeniero que renunció a la empresa Anthropic tras laborar también en OpenAI. Coxon afirmó que las compañías no actúan de forma responsable en la carrera por desarrollar superinteligencia. A esta postura se sumó Evan Hubinger, especialista en seguridad de Anthropic, quien calculó un diez por ciento de probabilidad de que la inteligencia artificial erradique a la humanidad en la próxima década. Sin embargo, diversos analistas señalan que estas cifras carecen de estudios científicos que las respalden.
El interés detrás de la regulación estatal
Frente a este escenario, los principales directivos del sector tecnológico, entre ellos Elon Musk, Sam Altman, Demis Hassabis y Dario Amodei, han solicitado que los gobiernos intervengan y regulen el desarrollo de esta tecnología. Aunque la postura podría interpretarse como una muestra de responsabilidad social, el establecimiento de marcos regulatorios estrictos exige auditorías y costos de seguridad que únicamente las grandes corporaciones pueden financiar. Esta medida perjudicaría a las pequeñas empresas emergentes e impediría el avance de proyectos de código abierto.
Cobrar del sistema que se critica
El uso del miedo como estrategia mercantil no es exclusivo de los magnates de la tecnología. Un ejemplo de esta contradicción se observa en personajes como el conferencista Diego Ruzzarín, quien promueve un discurso contrario al capitalismo mientras cobra sumas elevadas provenientes del erario público por impartir ponencias ante gobiernos locales. La estrategia de sembrar el rechazo hacia un modelo o una tecnología termina convirtiéndose en una herramienta para obtener beneficios económicos dentro de ese mismo sistema.






