La creciente preferencia de lo animal sobre lo humano plantea un dilema ético y moral de atención insoslayable. El tema causa debates acalorados a favor y en contra, pero la especie humana tiene prioridad sobre las otras, sin abusar de ellas ni infligirles dolor. ¿Quién puede permanecer impasible frente a los niños y padres que hurgan en las bolsas de basura el mendrugo o el objeto que les reporta algún beneficio para subsistir? La escena, por desgracia, se repite con mayor frecuencia; solo que, al confrontarnos con nosotros mismos, fingimos no verla. En los cruceros cambian los rostros, pero no el drama: mujeres indígenas con hijos lactantes en su pecho o espalda sujetos con un rebozo. Menores que, ignorantes del peligro, sortean vehículos con la mano extendida y mirada inocente, de cuyos conductores no siempre reciben la moneda o la ayuda anheladas.
El reparto en los cruceros lo forman jóvenes que animan con bailes, piruetas y malabares; otros, al modo de los faquires, hunden en su garganta espadas amañadas. En temporada de competencias artísticas y deportivas, niños y adolescentes colectan fondos para financiar sus viajes y estancias; de allí surgen los campeones, no de los antros. En el mismo escaparate, familias levantan retratos de hijos, hermanos o padres enfermos de cáncer o algún otro padecimiento grave. No en todos los casos convencen ni logran romper la coraza de la indiferencia. En los hospitales las altas se demoran para abultar más las cuentas y los cuerpos de personas fallecidas se retienen hasta pagar por completo los servicios, como si enfermarse o morir fuera una elección. Al dolor de las familias se agrega así la humillación. Deben establecerse normas para cobrar sin denigrar.
Frente a esa realidad estrujante, consecuencia, en gran medida, del modelo económico que privilegia el lucro; del relativismo, de la cultura de la muerte y del descarte que deshumaniza e hipnotiza, las mascotas han adquirido un papel que no les corresponde: el de seres humanos, sobre todo, el de niños. Los animales de compañía merecen amor, atención y cuidados de sus dueños. La discusión surge cuando las mascotas se elevan al rango de personas o de bebés. Se las pasea en las plazas y centros comerciales, usan ropa de marca; se las alimenta con productos balanceados cada vez más sofisticados —y caros, por supuesto—, tienen acceso a restaurantes. También hay espás, médicos especializados y servicios funerarios y religiosos. ¿Qué tal si son ateos o veneran un dios distinto al de sus propietarios?
En la primera audiencia general de 2022, Pablo VI, el papa Francisco fustigó, como Cristo a los mercaderes: «Hoy vemos una forma de egoísmo. Vemos que algunos no quieren tener hijos. A veces tienen uno, y ya, pero en cambio tienen perros y gatos que ocupan ese lugar». La paradoja no tiene vuelta de hoja: frente a los matrimonios jóvenes que anhelan ser padres y se someten a procedimientos prolongados para serlo, otras parejas se niegan a ese privilegio divino, basado en el amor, sin el cual ellas no existirían. Las especies necesitan propagarse sin excluir a ninguna.
El papa Bergoglio criticó asimismo el «invierno demográfico» reflejado en una dramática caída de la natalidad cuyos costos enormes ni la sociedad ni los gobiernos quieren asumir, pero que indefectiblemente pagarán tarde o temprano. Respecto de las adopciones, el papa expresó el deseo de que «las instituciones estén siempre listas para ayudar, vigilando con seriedad pero también simplificando el procedimiento necesario para que se pueda cumplir el sueño de tantos pequeños que necesitan una familia y de tantos esposos que desean donarse en el amor».






