En la década de 1930, con la inminente amenaza de escasez de seda debido a tensiones geopolíticas, la empresa química DuPont se embarcó en la audaz misión de crear una fibra sintética. Para ello, reclutó al brillante químico Wallace Hume Carothers en 1928, encargándole explorar el naciente campo de las «moléculas gigantes» o polímeros. Inicialmente, el objetivo era la ciencia básica, sin una aplicación práctica definida.
El laboratorio de Carothers, un espacio de intensa experimentación, vio nacer en 1930 un «superpoliéster» creado por Julian Hill, aunque frágil para uso práctico. Sin embargo, este avance encendió la esperanza. Paralelamente, la directiva de DuPont exigió una fibra que igualara la resistencia y elasticidad de la seda, crucial para la moda y aplicaciones militares.
Concentrándose en las poliamidas, Carothers y su equipo lograron un descubrimiento accidental el 28 de febrero de 1935. Gerard Berchet, al retirar una varilla de una mezcla fundida, observó un filamento largo, fuerte y flexible: la poliamida 6-6, el futuro nylon. El material era tan resistente que prometía revolucionar la industria.
A pesar de los desafíos en la producción industrial, DuPont invirtió millones y patentó el nylon en 1938. Su debut en la Feria Mundial de Nueva York en 1939 con las medias de nylon fue un éxito rotundo, convirtiendo la fibra en un símbolo de modernidad. El nylon trascendió la moda, usándose en cepillos de dientes, paracaídas y componentes automotrices, y fue vital durante la Segunda Guerra Mundial.
Su invención marcó el inicio de la era de los polímeros sintéticos, transformando la química. Trágicamente, Wallace Carothers, el genio detrás del nylon, no llegó a ver su impacto comercial; afectado por la depresión, se suicidó en 1937, dejando un legado científico que alteraría el mundo para siempre.






