En esta pieza periodística, Katrin Bennhold analiza la metamorfosis del Foro Económico Mundial a través de la lente de Peter Goodman, autor de Davos Man. La columna expone cómo el evento, que durante décadas intentó proyectar una imagen de compromiso social y ambiental, ha abandonado sus pretensiones altruistas para alinearse con la realidad política y económica que representa Donald Trump. El cambio no es solo estético, sino un giro profundo en el ethos de la élite global que se reúne anualmente en la montaña suiza.
El autor relata que el lema tradicional de Davos, «Comprometidos a mejorar el estado del mundo», ha sido desplazado por un enfoque puramente transaccional. En sus orígenes en 1971, bajo la dirección de Klaus Schwab, el foro nació en un momento de tensión transatlántica similar al actual, pero con el tiempo se transformó en una plataforma donde los magnates prometían solucionar la desigualdad y el cambio climático a cambio de desregulación y recortes de impuestos. Goodman sostiene que esta premisa siempre fue absurda, ya que quienes se benefician del sistema difícilmente serían los encargados de desmantelar sus fallas.
La llegada de Larry Fink, CEO de BlackRock, como sucesor de Schwab, simboliza el fin de la «ostentación de virtudes». Palabras clave como justicia social y sostenibilidad han sido eliminadas del discurso oficial para facilitar el regreso de Trump al foro. Si en 2018 la narrativa sugería un choque entre los globalistas y el mandatario estadounidense, la realidad actual muestra una convergencia de intereses: los directores ejecutivos priorizan el rendimiento de sus acciones trimestrales y las políticas de desregulación por encima de la independencia institucional o el Estado de derecho.
La transformación física de Davos también refleja esta evolución. El pueblo, antes lleno de comercios locales, se ha convertido en una extensión del Strip de Las Vegas, dominado por escaparates de empresas tecnológicas, consultoras y firmas de criptomonedas. Los asistentes ya no fingen que están allí para salvar el planeta; se encierran en sus suites para cerrar acuerdos multimillonarios. En conclusión, Bennhold presenta un Davos que ha dejado de fingir su interés por los problemas del siglo XXI, optando por señalar sus virtudes únicamente hacia el poder político de Washington, en un entorno donde el interés propio ha devorado finalmente al bien común.






