La escena ocurrida la tarde de este miércoles en la Comisión Permanente del Senado, donde el legislador Alejandro «Alito» Moreno (PRI) increpó y agredió al senador Gerardo Fernández Noroña (PT), no es un simple incidente aislado. Es un reflejo crudo y lamentable de la crisis que vive la clase política, particularmente una que se siente acorralada y sin rumbo. El arrebato de Moreno, respaldado por su compañero Rubén Moreira, es el epítome de la impotencia y la desesperación que lo embargan ante su constante declive en la opinión pública.
Lo que presenciamos no fue un debate acalorado ni una legítima diferencia de posturas, sino un espectáculo de bajeza política. Mientras sonaba el Himno Nacional, símbolo de la unidad y el respeto, el senador Moreno optó por la confrontación. Empujones, manotazos y reclamos airados sustituyeron al diálogo que se supone debe prevalecer en un recinto legislativo. La imagen de «Alito» perdiendo la compostura y, peor aún, agrediendo a una persona que intentaba calmar los ánimos, es un golpe directo a la dignidad de la política mexicana.
Esta actitud de violencia y descontrol no es casual. Es la manifestación de un partido que ha perdido no solo el poder, sino también el decoro. Acostumbrados a manejar los hilos del poder, ahora se ve relegado a un papel no secundario, sino terciario y esta frustración se desborda en estos actos. La presencia de Rubén Moreira, secundando los reclamos, subraya una estrategia que parece más enfocada en la provocación que en la construcción de propuestas.
El reclamo de «Alito» sobre la agenda legislativa no justifica en modo alguno su comportamiento. La política se trata de negociar, de debatir y, si es necesario, de disentir con argumentos, no con arrebatos. El liderazgo no se ejerce a base de empujones, sino con templanza y altura de miras. Lo que vimos en el Senado fue la antítesis de un líder: un político que, al ver su influencia reducida, recurre a la agresión como último recurso. La gresca es una muestra palpable de que, para algunos, la política ha dejado de ser un servicio para convertirse en una arena de pugilatos personales, una batalla perdida que se libra con patadas de ahogado.






