De la Columna El Conductor Conducido, publicada originalmente en Territorio Amón
La columna aborda la paradoja de la industria automotriz moderna, que ha alcanzado la utopía de fabricar vehículos autónomos, relegando al conductor humano a un «residuo biológico» y un estorbo molesto. El autor argumenta que la conducción, entendida como un acto de soberanía y épica, ha sido sustituida por la gestión y la supervisión, donde la inteligencia artificial del coche evalúa, corrige y juzga cada acción del humano al volante.
El vehículo moderno ya no es un simple medio de transporte, sino un «terapeuta sobre ruedas» o un «tutor electrónico» que actúa con una superioridad moral infalible. El conductor ya no decide, sino que confirma, sugiere o consiente. Este cambio de roles ha llevado a una relación sentimental más que mecánica, donde el conductor habita el coche, lo delega y, en el fondo, lo teme.
El momento de mayor humillación, según el texto, ocurre cuando el vehículo frena por cuenta propia, no necesariamente ante un peligro real, sino porque el algoritmo cree que lo hay. Este es el punto en el que un objeto demuestra tener más instinto de conservación que su propio dueño, dejando al conductor como un «loco al volante» mientras el coche emite un «pitido de desaprobación» que equivale a una mirada condescendiente.
La identidad del conductor también se ha desvanecido. Antes, la marca de un coche reflejaba la personalidad del dueño; hoy, solo existen «usuarios del software 7.3.4.» y, en un futuro cercano, simplemente serán perfiles biométricos con una suscripción mensual. El acto de conducir, antes asociado a la virilidad y el poder, está siendo domesticado y reducido a una actividad de alto riesgo.
El autor vaticina un futuro donde los coches conducidos por humanos serán perseguidos y confinados a «reservas nostálgicas», similares a como hoy se trata a los fumadores. Serán museos del volante donde se respete el olor a gasolina y el glorioso «error humano».
Finalmente, el texto lamenta el precio de este progreso: la seguridad ha sido intercambiada por la pérdida del placer y, más importante aún, de la dignidad. El conductor moderno se convierte en un «pasajero de sí mismo» que, deshabituado del riesgo y la toma de decisiones, ha olvidado cómo conducir. El coche ha domesticado al hombre con la misma paciencia con que otras tecnologías han anulado el sentido de la orientación o la conversación. El destino final es ser meros observadores pasivos mientras el coche decide por ellos, haciendo del antiguo carné de conducir una «reliquia absurda» que recordará una época, quizá, de verdadera libertad.






