Perder el registro como partido local es la consecuencia lógica de decisiones trágicas del PAN. Su alianza con el PRI en las elecciones de gobernador de 2023 traicionó al panismo tradicional y agravió a miles de ciudadanos que en 2017 lo habían puesto en la antesala del poder. Atrás quedó el PAN que denunciaba fraudes, interpelaba a gobernadores y a secretarios de Estado, y los hacía salir de sus casillas. La oposición que organizaba huelgas de hambre y exigía juicio político contra quienes hipotecaron al estado con una deuda que parece impagable, se eclipsó. El PAN se transformó entonces en comparsa.
Acción Nacional pactó con el PRI de espaldas a su militancia y a la ciudadanía, motor de su fuerza electoral, con una confesión embozada: su incapacidad para frenar a Morena. La negociación, vergonzosa y patética, la ventiló su líder nacional, Marko Cortés, quien más tarde se autorregalaría un escaño plurinominal en el Senado. El trueque consistió en un puñado de diputaciones y alcaldías, cargos menores en el Gobierno y en el Poder Judicial y notarías públicas. Firmada sobre las rodillas, la mayor parte de los compromisos se incumplió por la ridícula contribución del PAN para el triunfo del PRI: 81 mil 526 votos, equivalentes al 6 % del total.
Antes de concretar la alianza charlé por separado con dos excandidatos del PAN a la gubernatura cuyos nombres omito por respeto a su confianza. «Si aparecen juntos en la boleta, olvídense de ser Gobierno algún día; no lo perdonarán sus votantes. Si pierden, que sea con dignidad, no de rodillas. Y si pactan, que los compromisos sean puntuales». Aquellas dudas que percibí se despejaron pronto. Les ganó el desánimo, la frustración por las derrotas acumuladas; en particular, la de 2017, cuando, por unas horas, Guillermo Anaya tuvo como en la bolsa la gubernatura.
Movido en otro tiempo por líderes brillantes y aguerridos, el PAN afrontó su peor crisis con Elisa Maldonado al frente del comité estatal. Sin carácter y más comprometida con el poder que con su partido, fue la promotora más entusiasta del frente con el PRI. El fracaso obligaba a su renuncia o su despido. Sin embargo, como las siglas albiazules representan ya tan poca cosa, se le ratificó en el cargo. Maldonado no es la única infiltrada. También hay diputados y exalcaldes.
En las elecciones legislativas de 2020, cuando también el PRI hizo chuza, el PAN recibió 83 mil 469 votos, casi el 10 % del total; en las de junio pasado, el número bajó a 27 mil 819. La cifra es menor a la obtenida por los demás partidos nacionales, excepto Movimiento Ciudadano, y, para más inri, equivale
a la mitad de los votos anulados. El espectral Partido Nuevas Ideas dio la sorpresa con casi 78 mil votos. Su precedente, el Partido Joven —satélite del PRI— perdió el registro en 2017 por falta de votos. El exgobernador Humberto Moreira, candidato a diputado plurinominal bajo esas siglas, acusó: «Nos robaron la elección de la manera más burda, son unos hijos (…). Hagamos una gran concentración (…) todos los que fuimos asaltados por el (…) tirano del gobernador y su bola de secuaces» (Newsweek en español).
La manifestación «nunca antes vista en el estado» no la realizó el Partido Joven, sino el PAN. Decenas de miles de personas protestaron en ciudades y pueblos en apoyo de Guillermo Anaya y para exigir la anulación de las elecciones «fraudulentas» decididas en favor del PRI. Fue el mejor momento de Acción Nacional en sus casi 80 años de historia en el estado. Después vino la debacle. El PAN perdió su registro estatal en Coahuila y tocó fondo.






