El rey en la hoguera
El símbolo que inspira y cobija a todos los países es su bandera. Una de las imágenes más emotivas e icónicas es la de Estados Unidos, plantada por seis marines en el monte Suribachi, de Japón, tras la conquista de la isla Iwo Jima el 23 de febrero de 1945. La Operación Detachment devino en una de las más cruentas y decisivas de la Segunda Guerra Mundial. Joe Rosenthal, de la agencia AP y del San Francisco Chronicle, captó la escena tras el desembarco de la Marina y la inmortalizó en la fotografía «Alzando la Bandera en Iwo Jima». Ese mismo año obtuvo el Premio Pulitzer. Casi medio siglo después, el 21 de julio de 1969, Edwin Aldrin colocó la bandera de las barras y las estrellas en la Luna. En cosas profanas, los colores rojo y azul y las estrellas aparecen en las mascotas de los partidos Republicano y Demócrata, aunque con Trump el burro debería corresponder al primero y el elefante al segundo.
México ha tenido 12 banderas, correspondientes a cada etapa de su historia. La actual se adoptó en 1916 durante el Gobierno del presidente Venustiano Carranza. El PRI utiliza los colores de la enseña patria desde su fundación, en 1929, tanto para atraer el voto emocional como para justificar «fraudes patrióticos» como el de Chihuahua en 1986. Las movilizaciones por el atraco sembraron semillas para la alternancia en el poder. La bandera ha inspirado mitos fundacionales como el del cadete Juan Escutia durante la intervención de Estados Unidos de 1846-48 cuyo desenlace fue la pérdida de la mitad del territorio nacional.
La bandera también es emblema de movimientos revolucionarios y sociales menos remotos. Hoy protagoniza las protestas de Los Ángeles, Washington, Nueva York y otras metrópolis de Estados Unidos por las políticas fascistas del presidente Donald Trump contra los migrantes, al margen de su estatus. La bandera mexicana sumó a la oposición a las de otros países de América Latina. Asimismo se unió la Old Glory, cuyo diseño se atribuye a Francis Hopkinson, uno de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos el 4 de julio de 1776.
Si la bandera de Estados Unidos representa conquista (geográfica y espacial), la de México, elegida como la más bella del mundo en una encuesta publicada por el diario español 20 Minutos en 2008, simboliza la unidad, la esperanza y la sangre vertida por la libertad. Precisamente, frente al riesgo de perderla, estadounidenses y latinos colman calles y plazas para afrontar a la presidencia imperial de Donald Trump. Ver la bandera tricolor con el águila y la serpiente ondear en manos de estadounidenses en territorios que antes fueron
nuestros, enorgullece y hermana. Los disturbios enervan al pirómano. Pero ¿es ajeno a ellos quien instigó el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021, para impedir, en un intento de Estado, la transmisión pacífica del poder?
El discurso de Mariann Edgar Budde en el servicio religioso en la Catedral Nacional de Washington, con el cual inicia cada nuevo gobierno, fue un llamado a Trump para apaciguar sus demonios, pero el hombre naranja lo tomó una ofensa y actuó según sus pulsiones. La obispa pidió al presidente «piedad de aquellos en nuestras comunidades cuyos hijos temen que sus padres sean llevados, y que ayude a quienes huyen de zonas de guerra y persecución en sus propias tierras a encontrar compasión y acogida aquí. Nuestro Dios nos enseña que debemos ser misericordiosos con el extranjero, porque todos fuimos extranjeros en esta tierra». Trump ignoró la súplica y encendió la hoguera cuyas llamas hoy lo abrasan.






