El fin de una alianza
Lo ocurrido en 2018, el triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador, estaba cantado. No lo vieron solo quienes no quisieron verlo. No fue obra de la casualidad ni sorpresivo, sino consecuencia de décadas de corrupción, violencia, incuria gubernamental y liderazgos frágiles y encapsulados en sus intereses. Los partidos, en crisis y capturados por nomenklaturas vacuas e incompetentes, son los responsables de su propia debacle. La arrogancia de los poderes públicos, el envilecimiento de la política, la insensibilidad de las élites, pero, sobre todo, la acumulación de agravios contra el país y los marginados, pasaron factura con réditos elevados.
Solo faltaba un catalizador, y ese fue AMLO. Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel J. Clouthier, candidatos del Frente Democrático Nacional (antecedente del PRD) y del PAN en las presidenciales de 1988, pudieron haber asumido ese papel. Sin embargo, el sistema, que ya empezaba a mostrar signos de agotamiento, pero que aún mantenía el control, lo impidió al imponer a Carlos Salinas de Gortari. Cárdenas compitió dos veces más por la presidencia, pero su neutralidad y falta de vigor para afrontar al régimen apagó el entusiasmo popular y debilitó a la izquierda. Clouthier formó un gabinete paralelo y pudo ser candidato de nuevo, pero perdió la vida en un extraño accidente de carretera.
Luis Donaldo Colosio parecía ser la opción para reformar el sistema y retomar las banderas sociales del PRI, pero fue asesinado en 1994 al término de un mitin en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana. El crimen, atribuido al Estado, marcó el final de la hegemonía. Seis años más tarde, el neopanista Vicente Fox ganó la presidencia en las elecciones consideradas como el punto de partida del país hacia la democracia. López Obrador se convirtió, en el mismo proceso, en el primer jefe de Gobierno de Ciudad de México elegido para un periodo de seis años. Paso decisivo, pues lo catapultó a Palacio Nacional.
Fox, los poderes fácticos y las instituciones combatieron a AMLO desde un principio para eliminarlo de la sucesión de 2006. No lo consiguieron, pero le escamotearon la elección. El reconocimiento de Felipe Calderón le redituó al PRI, a sus gobernadores, a la oligarquía y a los grupos de presión pingües ganancias. López Obrador, contrario a Cárdenas, se radicalizó y movilizó al país. La soga se quebró por lo más delgado. La crisis poselectoral forzó la renuncia de Luis Carlos Ugalde, presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), y de otros consejeros. La semilla del cambio ya estaba sembrada.
La guerra sucia para neutralizar a la izquierda se repitió en los comicios de 2012. Esta vez el PAN, el oficialismo, la reacción, las fuerzas económicas y los intereses extranjeros se alinearon con Enrique Peña Nieto, cuya presidencia resultó aún más débil y anodina que la de Calderón. Luego de una elección fraudulenta y de otra resuelta con financiamiento irregular, cualquiera se hubiera retirado, pero no López Obrador. Una vez en la presidencia, obtenida con la votación más alta en ese momento, el fundador de Morena apretó las tuercas a sus adversarios. No tenía otra alternativa que ser un revulsivo, y lo fue. Las reformas de quien se definió a sí mismo «antisistema» polarizaron a un país dividido y en conflicto desde hacía ya mucho tiempo por la desigualdad, la venalidad y la alianza del Gobierno con las élites, interrumpida por la 4T cuya consolidación (el segundo piso) corresponde a la presidenta Sheinbaum.