El dedo en la llaga
A ningún gobierno le gusta ser criticado, y menos para escuchar verdades, así sean a medias. Nadie puede dudar a estas alturas que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sea un auténtico patán. Sin embargo, su retórica estridente responde a su personalidad y a los compromisos que le permitieron regresar a la Casa Blanca después de un periodo intermedio, lo cual solo había conseguido Grover Cleveland hace 131 años. El caso de abuso sexual y difamación contra la columnista E. Jean Carroll; el escándalo por su relación con la exactriz porno Stormy Daniels, que intentó ocultar mediante la falsificación de registros comerciales; y el intento de autogolpe de Estado del 6 de enero de 2021 eran motivos suficientes para dar por terminada la carrera política del magnate inmobiliario. Sin embargo, la polarización en su país era tal, que la mayoría de los votantes prefirió hacer la vista gorda.
La epidemia de fentanilo en Estados Unidos, con la cual Trump presiona a México y Canadá, es real. Cerca de 110 mil personas murieron en 2022 por sobredosis, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y el Centro Nacional de Estadísticas de Salud. La crisis empezó a ceder tras la pandemia de COVID-19, pero sin políticas de prevención y combate a la producción y tráfico del opioide, fabricado en laboratorios, podría volverse a disparar, segar más vidas, elevar las tensiones entre los países y generar inestabilidad.
El discurso de Trump pone de relieve problemas seculares de nuestro país, sin detenerse en los propios (igual o más profundos), como son la corrupción, la relación entre autoridades (civiles y militares) y el narcotráfico. También exhibe los vicios del sistema de procuración e impartición de justicia. La liberación de capos, la falta de acciones y de voluntad para socavar las estructuras financieras, base de la influencia y poder de fuego de las organizaciones criminales, no se explican sin la participación de policías, fiscalías, jueces, magistrados e incluso ministros en el entramado.
La relación de Estados Unidos con México no había sido tan ríspida y comprometida desde el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, en 1985. La destrucción de 544 hectáreas de mariguana en el rancho El Búfalo, de Chihuahua (protegido por funcionarios locales y federales), el año previo, representó uno de los operativos más importantes de la agencia antinarcóticos en nuestro país y en América Latina. El dueño de la propiedad, donde trabajaban 10,000 jornaleros, cuya producción anual se calculó en 8,000mmillones de dólares, era el mismo que ordenó dar muerte a Camarena: Rafael Caro Quintero.
Uno de los capos entregados por el Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum a Estados Unidos es precisamente Caro Quintero. La extradición del fundador del cártel de Guadalajara y de otros delincuentes, incluidos en el grupo de los 29, la había solicitado el Departamento de Justicia en repetidas ocasiones. La medida y las acciones emprendidas por la nueva administración federal contra el fentanilo, fueron fundamentales para suspender, al menos por un mes, la aplicación de aranceles a la mayoría de las exportaciones mexicanas. El presidente Trump no ha dado su brazo a torcer. Sin embargo, frente al riesgo de una guerra comercial, rechazada también por su país, parece empezar a entender que el diálogo y la cooperación rinden mejores resultados que la estridencia y el chantaje.