Treinta millones de mexicanos votaron en 2018 por el cambio de régimen propuesto por Andrés Manuel López Obrador desde su primera campaña por la presidencia. Seis años después, 36 millones ratificaron la decisión de darse una nueva forma de Gobierno de acuerdo con el artículo 39 de la Constitución. El PRI ejerció el poder 71 años de manera ininterrumpida, y el PAN 12. Ambos tuvieron cosas buenas y otras francamente deleznables. Frente al fracaso de las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, la ciudadanía regresó al PRI. El dinosaurio seguía allí, pero Peña Nieto se encargó de sepultarlo.
El triunfo de Morena no resultó de la nada. López Obrador abrió cauce a una corriente que atrajo el voto de una población insatisfecha y agraviada secularmente. Carlos Salinas de Gortari intentó algo parecido con el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), pero falló porque el propósito no consistía en abrir el sistema político ni atender las demandas de los grupos vulnerables, sino rescatar al PRI y consolidarlo como partido de Estado, quizá con otro nombre, con él como caudillo. Herido en su orgullo por la elección que estuvo a punto de perder en 1988 —para muchos Cuauhtémoc Cárdenas fue el ganador—, Salinas subió la votación del PRI. En las elecciones intermedias obtuvo 320 diputados (cerca de la mayoría calificada) después de que seis años antes había alcanzado con trampas y apuros la mayoría absoluta.
Morena es el corolario de largas luchas de la izquierda, y su nombre remite al México indígena y mestizo. Es partido, mas no se presenta como tal debido a la carga negativa que el término comporta, sino como Movimiento de Regeneración Nacional cuyo lema («La esperanza de México») resultaba impropio para las formaciones políticas que sexenio tras sexenio decepcionaron al país. Sus siglas sincretizan política y religión, pues evocan el símbolo materno por antonomasia, determinante en la fundación de México y en la identidad de la nación. Antes de ocupar la presidencia, AMLO se declaró «católico, fundamentalmente cristiano» y apasionado «por la vida y obra de Jesús».
La leyenda de campaña y de Gobierno de López Obrador, «Por el bien de México, primero los pobres», y la cancelación de los emblemas de la presidencia imperial (el cierre de la residencia oficial de Los Pinos, la venta del avión presidencial que «ni Obama tenía», la ampulosidad y los séquitos en las giras nacionales e internacionales) contribuyeron al hechizo. De no haber ganado Claudia Sheinbaum la elección del 24, el cambio de régimen se habría detenido, mas no revertido. Los programas sociales sustentan al nuevo sistema, y la reducción de la pobreza representa su argumento principal.
Convertirse en pocos años en partido dominante tiene costos. Morena ya los empieza a pagar. El tiempo demuestra que los líderes y gobiernos de la 4T son tan falibles, incompetentes y, en algunos casos, tan venales como cualesquiera otros. Sin embargo, las oposiciones y los poderes fácticos, derrotados en las urnas, no han podido detener ni debilitar el movimiento guinda. La razón es simple: no tienen agenda para convencer a los votantes de Morena de mudar de preferencia. Menos lo conseguirán si la base de su estrategia, si así se le puede llamar al arrebato y al juicio maniqueo, es la descalificación. Cada reforma de AMLO y de la presidenta Claudia Sheinbaum, algunas radicales, dan firmeza al nuevo régimen.






